Del Espíritu de Ermua al de Ceuta
Ceuta es el fin de 50 años de hegemonía de la izquierda. La partida ha dejado de estar trucada. Y los trileros troleros lo saben. El bulero de la Moncloa, el que reparte bulas de demócrata en la misma proporción que va soltando bulos, lo sabe; así que prepárense para sus nuevos trucos
Dejó escrito Séneca en su obra De la brevedad de la vida. «Tiene, pues, la vida del sabio grande latitud, […]; le sirven todas las edades como a Dios; comprende con la recordación el tiempo pasado, aprovechándose del presente, y dispone el futuro; con lo cual, la unión de todos los tiempos hace que sea larga su vida; siendo muy corta y llena de congojas la de aquellos que se olvidan de lo pasado, no cuidan de lo presente y temen lo futuro, y cuando llegan a sus postrimerías, conocen tarde los desdichados que estuvieron ocupados mucho tiempo en hacer lo que en sí es nada».
Esta reflexión, unida a otras de esa obra, nos plantea la importancia de tener una visión positiva y provechosa del pasado, de una persona o de un país, tanto vale, como fundamento para sostener el presente y no vivir fiándolo todo al futuro por rechazo del pasado propio, individual o comunitario. Nos vacuna contra el adanismo presentista zapateril tanto como contra la utopía futurista sanchista, enfrascados ambos en un trastorno de ansiedad para imponernos una memoria histórica colectiva en la que todo, antes que ellos, fue una pérdida de tiempo cuando no algo que conciben como nocivo. Una Memoria Histórica vergonzante de todo pasado necesaria para poder vendernos un futuro utópico.
Todo el sentido de sus enfermas existencias se basa en la negación de su pasado (joyas, saunas) o en la selección interesada y sesgada, y por tanto falsaria, de unos abuelos sobre otros. Están tan preocupados de no caer en leyendas rosas que no dejan de alimentar leyendas negras, tan preocupados por los derechos de la inmigración descontrolada (porque el problema está en el adjetivo, no en el sustantivo) que no miran por los derechos de los que ya están aquí de manera legal (sean nacionales o inmigrantes que llegaron legalmente). Viven de imponer una memoria histórica negra del pasado y de alimentar una leyenda rosa de un futuro dirigido por ellos hasta el fin de los tiempos. De ahí su ansiedad vital y de ahí sus miedos a los fantasmas (el capitalismo, el patriarcado, la Iglesia, la emergencia climática, los judíos, los rusos, la ultraderecha…), fantasmas que alimentan porque saben que el miedo da réditos.
Ahora han entrado en una nueva fase que no esperaban y desde el Día de Ceuta están a la defensiva. Han perdido la iniciativa, esa que han mantenido los últimos 50 años, y lo saben. Porque eso es lo que estamos viviendo como consecuencia histórica de la invasión (según la RAE: 1. Entrar por la fuerza. 2. Ocupar anormal o irregularmente un lugar) de Ceuta. Gastan sus fuerzas en los discursos, como siempre han hecho y que es algo que hasta ahora les había dado una gran ventaja. Intentaron primero que no se le llame «invasión» y luego quisieron poner el foco en «los niños»: no los menores, que pueden ser jóvenes o adolescentes, sino «niños» para tratar de ganar una vez más el relato de la lástima, de estar con los débiles. Pero no ha colado. Esta vez no. Y una mayoría social ha dicho «Basta Ya», como hizo en Ermua en 1997 con el terrorismo independentista asesino de extrema izquierda que era ETA. Porque, no nos olvidemos, en España, los grupos terroristas activos han sido siempre de izquierdas; como en el ámbito internacional lo eran los criminales Sadam Hussein, Gadafi o Al-Asad, todos de la Internacional Socialista.
Todavía tuve que escuchar a un conocido en la manifestación del pasado día 2 diciendo: «yo soy de derechas, pero moderado». No le pude dejar seguir. ¿Acaso has oído alguna vez a alguien de izquierdas justificarse y decirte «soy de izquierdas pero moderado»? Deja de justificarte. Ya no nos pueden seguir ganando con el discurso lo que no son capaces de ganar con los hechos. Desde Ceuta ya no. Ceuta es para el dominio del discurso socialista, progresista y de izquierdas en general lo que Ermua fue para el discurso independentista terrorista. No hubo algo así con el golpe de Estado en Cataluña, pese a las manifestaciones españolistas de octubre de 2017 porque Ermua había muerto para entonces, con una sociedad anestesiada por el discurso vanidoso de Zapatero y a la que Rajoy, tan tranquilo él, dejó seguir durmiendo.
En Ermua hubo asco y hartazgo. El Espíritu de Ermua ha renacido casi 30 años después en forma de Espíritu de Ceuta. Del extremo norte al extremo sur. La misma sensación de asco, de hartazgo. De hasta aquí hemos llegado. Si aquello fue el fin social de ETA, esto que estamos viviendo es el fin de la hegemonía gramsciana de la izquierda española. Ojo con dormirse otra vez como pasó con Ermua. Ojo con creerse que se ha ganado nada. Lo único que se ha conseguido, y ya es mucho, es que desde Ceuta la derecha social puede volver a hablarle a la izquierda de tú a tú, sin pedir perdón, sin justificarse. Con un tablero de juego horizontal, tras décadas de jugar con el tablero inclinado en contra. Y eso es bueno para la democracia. No hablo a nivel de partidos, que ese es otro cantar y depende de líderes de segunda fila leales a líderes de primera fila ya existentes, de políticos profesionales que se plieguen a las máquinas que son los partidos; de líderes que, aunque sepan ver la oportunidad, no sepan aprovecharla y den por hundido a un Sánchez que nunca lo estará del todo y siempre tendrá una chistera de la que sacar nuevos conejos votantes y liebres mutantes para distraernos.
Pero a nivel social, Ceuta es el fin de 50 años de hegemonía de la izquierda. La partida ha dejado de estar trucada. Y los trileros troleros lo saben. El bulero de la Moncloa, el que reparte bulas de demócrata en la misma proporción que va soltando bulos, lo sabe; así que prepárense para sus nuevos trucos.
- José A. Ramos-Clemente y Pinto es máster en Relaciones Internacionales y Experto en Gestión de Conflictos