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Hay gente que admira al canciller Adenauer por su aportación a la estabilidad tras la gran debacle bélica; o a Roosevelt, por el New Deal y la victoria en la II Guerra Mundial; o a Reagan y Thatcher, por volver a poner en hora el reloj de sus países y dar y ganar la batalla contra el comunismo.

En honor a la verdad, me veo obligado a aclarar que sus figuras palidecen ante tres estadistas que por una feliz casualidad confluyen al mismo tiempo en la política madrileña. Se trata de Óscar López, una de las mayores cabezas de la vida pública española (hablamos de perímetro); Reyes Maroto, la célebre Navajita Plateá; y Mónica García, populista de escuela polvorilla, que allá donde pisa la lía parda.

López, Maroto y García llevan mucho tiempo alertándonos de que Madrid es un infierno en todos los órdenes. Los que aquí vivimos no acabamos de notar el apocalipsis (ahí tienen a Rufián, que el día que le hagan volver al paraíso identitario catalán le da un yuyu). Además cada vez viene más gente a afincarse en el averno madrileño. Pero si lo dicen Óscar, Reyes y Mónica seguro que es así: Madrid va de cráneo, destrozado por las políticas inhumanas de la derecha, la «internacional reaccionaria», como la llama últimamente nuestro Peter.

El mayor símbolo del espantoso naufragio de Madrid es lo que los admirables Óscar, Reyes y Mónica denominan «la destrucción de lo público». Lo saben hasta los niños de teta: la sanidad y la educación pública madrileñas han sido desmanteladas por la derecha. Durante años hemos visto a heroicos «colectivos» denunciándolo con toda suerte de «movilizaciones». Las batas blancas «por la sanidad pública». Las «mareas verdes» para salvar la educación pública de las garras peludas de la desalmada Ayuso, la del ático. Madrid está de pena, y todo por negarse a abrazar desde hace décadas las correctas recetas «progresistas».

En Madrid se está produciendo un extrañísimo fenómeno paranormal, que inquieta a la ciencia. Eruditos de todo el planeta lo están investigando, capitaneados por Óscar, Reyes y Mónica, que podrán asesorarlos bien. El inexplicable portento consiste en que Madrid presenta los mejores datos de listas de espera sanitarias entre las regiones españolas y la mayor esperanza de vida del país, a pesar de que como es sabido la sanidad pública ha sido desmantelada.

Pero es que además ha llegado el esperadísimo informe PISA y resulta que Madrid es la comunidad, junto a Castilla y León, cuyos alumnos obtienen mejores resultados, a pesar de que hace tiempo que el PP se ha cargado por completo la educación. Mientras tanto, los aplaudidos oasis identitarios catalán y vasco hacen el ridículo en la prueba internacional, porque igual no es tan buena idea obligar a los niños a escolarizarse en idiomas que en realidad no hablan en la calle ni en sus casas.

La paradoja de Madrid es ciertamente extraña. A la hora de ofrecer una explicación, algunos fascistas redomados andan diciendo por ahí que los éxitos de Madrid, que además se ha convertido en la locomotora económica de España, atienden a unas gotas de liberalismo, a apostar por una fiscalidad no abrasiva, a respetar la cultura del mérito y el esfuerzo, a no dar el coñazo a las personas en sus vidas privadas, a recibir a todo el mundo sin plantar barreras con remilgos identitarios. A pensar en grande y en abierto, con libertad y sin paletadas ombliguistas. En resumen, el éxito de Madrid respondería a que lleva décadas dando la espalda al modelo de reparto igualitario de la mediocridad y al fomento del victimismo y la subvención que propugna el PSOE.

Pero no se dejen engañar por las lenguas intoxicadoras de la fachosfera. Votemos todas y todos con ilusión a Óscar, Reyes y Mónica y en poco tiempo lograremos ser abrasados a impuestos e instalarnos en la más feliz y rencorosa ramplonería. Eso sí, con toneladas de ingeniería social del correcto catecismo y con la mejor carrera de tacones del mundo en las fiestas del Orgullo.