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VertebralMariona Gumpert

Premiar la ilegalidad

El enemigo no comparte nuestra idea de la dignidad humana, ni mucho menos la teoría de los derechos humanos que se deriva de ella. Quizá que ésta sea hija, en última instancia, del cristianismo tenga algo que ver

A los invasores de Ceuta les han regalado wifi. El hambre y la desesperación de los países de los que provienen no impide poseer dispositivos móviles. Curiosa la miseria del siglo XXI. A quien le haya sustraído el móvil un segarro-amego no dejaré de parecerle demagoga: es sabiduría popular, geolocalización mediante, conocer dónde acaban los dispositivos robados.

Pongámonos en la mente de los recién llegados. Invaden la frontera, acaban con la vida cotidiana, mujeres y niños con miedo a salir a la calle, encerrados en sus casas; llenan de basura, orines y detritos calles, parques y playas, torturan gatos, prenden fuego al monte, a mobiliario urbano y camiones de la basura; violan a mujeres y niñas y se disparan o acuchillan entre ellos. ¿Qué se les proporciona a cambio? Comida, alojamiento, atención sanitaria, wifi y la promesa de un traslado a la Península, al paraíso perdido del «todo gratis». Deben de pensar que somos imbéciles. Porque lo somos. ¿O cómo reaccionaría el gobierno de Marruecos si el movimiento hubiera sido a la inversa?

Aquí radica la clave de la guerra híbrida. El enemigo no comparte nuestra idea de la dignidad humana, ni mucho menos la teoría de los derechos humanos que se deriva de ella. Quizá que ésta sea hija, en última instancia, del cristianismo tenga algo que ver. Deberíamos plantearnos si es buena idea inundar Occidente de ingentes masas de personas a las que le parecen ridículas y nocivas estas ideas.

También sería conveniente, digo yo, no dar opción a que aprovechen nuestras ideas como si de un talón de Aquiles se tratara. La dignidad de toda persona es un tesoro occidental que debe ser preservado frente a la barbarie. Pensar que se puede hacer extensivo sin que la población tenga asumida, consciente o inconscientemente, la cosmovisión cristiana, es, además de estúpido, suicida.

Ceuta es la manifestación más cruda de un fenómeno que en la Península sucede de manera menos visible, algo que el castizo bautizaría con un «además de cornudo, apaleado». Unos pagan la fiesta, otros la disfrutan. Esta semana descubríamos que una familia marroquí en Navarra ingresaba 4.000 euros al mes en ayudas. Asimismo, disfrutan de alquiler subvencionado, bono social eléctrico, bono social térmico, comedor escolar, libros y material escolar, tarifa social de transporte y ayudas de alimentación. Más de lo que ingresa la mayoría de las familias con dos adultos trabajando, sin estas ayudas adicionales.

¿Qué mensaje transmite todo esto? A quien viene a disfrutar del «todo gratis» uno equívoco: haz las cosas mal, sáltate la legalidad, te recompensaremos. A quien madruga para trabajar, pagar impuestos y subsistir con su sueldo se le queda cara de idiota. Cara de idiota cuando no obtiene plaza en una guardería pública -son para los «vulnerables», aunque sus padres no trabajen-, cuando tiene cita para dentro de un año en la sanidad pública o cuando sucede una desgracia y el estado no le asiste.

O, peor, cuando la «desgracia» es culpa del estado, como en la DANA, en Adamuz, o ahora en Ceuta.

El problema de premiar la ilegalidad es que todos queremos el premio. Las redes sociales están plagadas de extranjeros explicando cómo entrar en España sin cumplir la ley y, lo mejor de todo, cómo cobrar la pieza: empadronarse sin domicilio, conseguir tarjeta sanitaria, escolarización, ingreso mínimo vital, etc. Huyen del Tercer Mundo sin entender que traen la miseria consigo, que la prosperidad no cae del cielo y mucho menos del expolio.

En todo caso, no cabe culparles. Casi todo el mundo quiere duros, a cuatro pesetas y, sobre todo, a ninguna. El problema es quien no sabe defender su propio paraíso. En el pecado llevamos la penitencia.