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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

A por las ineludibles reformas constitucionales

Las arbitrariedades y abusos de poder del Gobierno, de sus partidos, de sus socios, por mucho que se encuentren con el merecido reproche penal, acabarán siendo bendecidos por el TC

¿Cuánto son tres quintos de trescientos cincuenta? Parece una pregunta sobre quebrados, y lo es. También trae esperanza a una sociedad desalentada que está dejando de creer en el sistema del 78. La respuesta es 210, el número de diputados que permite abordar reformas de la Constitución por la vía de su artículo 167. Es decir, cualquier reforma salvo: a) las que supongan una revisión total de la Constitución; b) las que afecten al Título Preliminar, a la Corona o a la parte «Derechos y Libertades» del Título I. En esos casos, los requisitos se agravan: mayoría de dos tercios en cada Cámara, disolución de las Cortes, ratificación de la decisión de proceder al estudio del nuevo texto constitucional por parte de las nuevas Cámaras, aprobación de aquel por dos tercios —otra vez— en cada Cámara, más referéndum de ratificación. Es normal ponerlo tan difícil dados los graves asuntos reservados a la vía del artículo 168.

El hastío, y aun la animadversión que se expresa «contra el sistema» no arraiga tanto en una reflexión técnica sobre su diseño, por otra parte imposible para la mayoría, cuanto en una desagradable colección de decepciones. En la constatación innegable de que en España no rige la igualdad ante la ley, de que el Ejecutivo no admite estar sometido a la Justicia. Las arbitrariedades y abusos de poder del Gobierno, de sus partidos, de sus socios, por mucho que se encuentren con el merecido reproche penal, acabarán siendo bendecidos por el TC. Esa es la disolvente conclusión de la amnistía. El enconamiento del debate político, en las instituciones y en los foros sociales, se atribuye al señalamiento de esa impunidad fáctica. Al ver amenazada su impunidad, los sanchistas y sus socios, lejos de frenar, fuerzan más las costuras. Hasta que las han roto.

De ahí que la gran esperanza de regeneración no sea solo la alternancia política (incluso contra esta conditio sine qua non de la democracia se remueve el sanchismo). La alternancia curará muchos males, pero por sí sola no devolverá la confianza en el sistema que caracteriza a los países sanos y estables. Van quedando pocos, por cierto, y la causa siempre es la misma: la izquierda ya es toda autoritaria, y el grueso de la vieja derecha no ha hecho ascos a la ingeniería social ni al nuevo despotismo. El hartazgo es mayúsculo y los pueblos soberanos ya no admiten cuentos. El saneamiento no traumático de España respetará y usará las leyes. En concreto, el Título X de la Constitución si entre PP y Vox alcanzan 210 escaños. La Justicia, el TC, la Educación, o asuntos como el cierre competencial, exigen reformas. Si la próxima oposición se niega, se negará al imperio de la ley. La reforma se podrá hacer igualmente, pero será traumática.

Todo esto da por hecho que el PP comprenderá el momento histórico, optará por la verdadera regeneración y no le temblarán las piernas. No soy optimista ni pesimista al respecto. Veremos.