La guerra híbrida de Margarita y Marlaska
Que la ministra rompiera la falta de empatía de sus compañeros en Ceuta, especialmente de Marlaska, con el sufrimiento de sus ciudadanos, abrazando y hablando con varios de ellos que la interpelaban en la calle terminó por demostrar que las relaciones de ambos eran irreconciliables
En la guerra todo vale. Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska bien lo saben y han actuado en consecuencia. En el «todo vale» para acabar con el rival cotiza: usar como arma arrojadiza a la Guardia Civil, con la destitución de Pérez de los Cobos y el nombramiento de María Gámez como telón de fondo, la pandemia, con Margarita desplegando militares contra la opinión del ministro del Interior, la nevada Filomena en Madrid, que generó el cabreo de Marlaska contra su enemiga por desplegar la UME a petición del alcalde Almeida, sin informarle, y ahora Ceuta, con versiones incompatibles sobre la información que trasladó el CNI al gobierno en la que advertía del ataque a nuestra frontera.
A Robles y Marlaska solo les unen dos cosas: ambos son jueces de carrera y los dos, junto a Luis Planas, son los últimos mohicanos del gobierno que formó Pedro Sánchez tras la moción de censura de junio de 2018. Pero hasta sus respectivos nombramientos como vocales del CGPJ son opuestos: a la titular de Defensa la colocó el PSOE y al ministro vasco le designó el PP, con el que coqueteó durante años con la esperanza de que Mariano Rajoy lo fichara como fiscal general del Estado. No lo consiguió y se pasó con armas y bagajes al sanchismo. Ahí hocica ya hace ocho años. Desde entonces, ambos no se soportan. Solo el presidente de la crispación podía sentar en el mismo Consejo de Ministros a estos dos magistrados que se odian tan íntimamente.
Robles fue la primera mujer en presidir una sala de lo contencioso-administrativo y la primera en presidir una Audiencia, la de Barcelona. Seis años mayor que su rival, la titular de Defensa dejó el CGPJ en 2013, justo cuando ingresó Marlaska. Antes, la ministra había ocupado la Secretaría de Estado de Interior con Felipe González mientras su hoy compañero empezaba a ejercer de juez de instrucción en Bilbao. Sería en 2004 cuando pasaría a la Audiencia Nacional para sustituir a Baltasar Garzón, tiempo en el que su némesis era ya magistrada en el Supremo. Esa tarea la dejaría para ser diputada con Pedro Sánchez con el que empezó a colaborar hasta que la nombró portavoz parlamentaria. Por entonces, el hoy ministro del Interior lideraba causas contra ETA y su nombre empezó a ser vinculado al PP; no obstante, llegó a recibir la propuesta de ser candidato socialista al Ayuntamiento de Madrid. Pero la rechazó.
Cuando Sánchez ganó la moción de censura contra Rajoy, todos esperaban que Margarita se convirtiera en ministra de Interior. Inopinadamente, la oferta le llegó a Marlaska, que no dudó en aceptar ante su malestar explícito por que el PP no le había designado fiscal general. Para Robles quedó la cartera de Defensa, reforzada con el CNI, que volvió a ese Ministerio de Estado, tras haber dependido, con el PP, de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. Al poco de llegar ambos al gabinete, Robles nombró a Félix Azón como director general de la Guardia Civil, un cuerpo policial de naturaleza militar, cuyos nombramientos han de ser consensuados entre los dos ministros. Poco tardó Marlaska en cesar a Azón y colocar a María Gámez. Margarita no fue a su toma de posesión. Y después vendrían más discrepancias hasta el salto masivo de 2021, cuando el procedimiento usado por Interior para devolver a 55 menores, que generó una condena de inhabilitación a la vicepresidenta popular de Ceuta y a la delegada de Gobierno socialista, derivó en críticas públicas por parte de Robles. ¿Contra quién? Contra su compañero de carrera.
La presencia en un mismo Ejecutivo de dos magistrados sin ninguna afinidad ha sido una bomba de relojería, de esas que tanto gusta detonar a Sánchez. La crisis de Ceuta, que ha desnudado todas las miserias del gobierno, ha visibilizado la confrontación directa entre ambos. La avalancha de más de 80.000 inmigrantes a la ciudad autónoma derivó en un enfrentamiento en directo entre los dos jueces. Mientras la ministra aseguraba en su comparecencia en el Congreso que la Inteligencia española, que depende de ella, había avisado de la alta probabilidad de un salto masivo, Marlaska la contradecía en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros profundizando en el desprestigio del CNI.
Que la ministra rompiera la falta de empatía de sus compañeros en Ceuta, especialmente de Marlaska, con el sufrimiento de sus ciudadanos, abrazando y hablando con varios de ellos que la interpelaban en la calle terminó por demostrar que las relaciones de ambos eran irreconciliables. Además, mientras la ministra se dirigía a Rabat con un «Ceuta y Melilla no se tocan», su colega y enemigo evitaba pronunciar ninguna palabra que pudiera molestar a Mohamed VI. Después llegaría la comparecencia parlamentaria de Sánchez en la carrera de San Jerónimo, con esa imagen icónica de la jefa de la Defensa sentada en su escaño sin aplaudir al «jefe». La soledad de Margarita es clamorosa: ha visto cómo el presidente ha construido otro muro contra ella, ha reforzado a Marlaska y ha ordenado que la desautorizaran. El desapego venía de lejos: en conversaciones interceptadas con Ábalos, Sánchez la llamó «pájara», a lo que el hoy recluso contestó con un «se acuesta con el uniforme».
Junto a Sánchez, a sus tres ministros más longevos –Robles, Marlaska y Planas–, el régimen de Mohamed, usando el sistema Pegasus, les ha clonado el teléfono (en el caso del titular de Agricultura y exembajador fue un intento frustrado), tal y como contó Félix Bolaños en una exótica rueda de prensa el 2 de mayo de 2022. Llamativa coincidencia.