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HorizonteRamón Pérez-Maura

Los joyones

Si se trata de un regalo y no lo ha entregado a Patrimonio del Estado y se lo ha apropiado sin declararlo como incremento de patrimonio en su renta personal, este expresidente del Gobierno es un defraudador fiscal de manual

Aquí hay algo que no tiene explicación. ¿Por qué ha tardado Rodríguez Zapatero tres meses en echar la culpa a un muerto que lleva en el otro mundo desde hace once años? Nadie duda de que es perfectamente posible que el Rey Abdalá bin Abdulaziz pudiera hacer ese regalo durante su visita de Estado en 2007. Este monarca como casi todos los soberanos saudíes, es de una prodigalidad sin límites. Pero eso no explica por qué ha tardado tres meses en dar esta respuesta. Porque la posición en la que queda hoy es igual de incómoda que la que tenía cuando le fueron intervenidas las joyas.

Se las quedó para sí mismo, y no parece que las haya declarado a Hacienda porque si lo hubiera hecho, todo estaría ya resuelto. Lo que, evidentemente, no es el caso. Porque si se trata de un regalo y no lo ha entregado a Patrimonio del Estado y se lo ha apropiado sin declararlo como incremento de patrimonio en su renta personal, este expresidente del gobierno es un defraudador fiscal de manual. En otras palabras: un delincuente. Y más bien parece que se ha acogido a la excusa del Rey Abdalá y la cena que le ofreció en la Moncloa porque no ha conseguido encajar una excusa mejor.

Como ya dije en su día, los generosos regalos de los soberanos del Golfo suelen venir en unos estuches espectaculares. Yo tengo sendas medallas de oro y plata que me regaló el Sultán de Omán, Qaboos bin Said, en su 25 aniversario en el trono en 1995. Lo más bonito es el estuche de cuero rojo con las armas del Sultán doradas, en el que vienen. ¿Dónde están los estuches en los que los Reyes de Arabia Saudí hacen sus regalos?

Y, si las piezas encajan mal, todavía peor es que después de que la semana o diez días que pidió Rodríguez Zapatero al juez Calama para darle una respuesta se haya extendido a tres meses, ahora le diga al juez que se ponga él a pedir a las autoridades saudíes que confirmen que hicieron ese regalo al presidente del Gobierno español. Sólo le ha faltado decir que llame al muerto.

La situación del expresidente del Gobierno no es mejor hoy que cuando el magistrado le dio el plazo de tres días para justificar la posesión de las joyas. Y lo que es todavía peor para él: su desprestigio es abrumador. Ya no le creen ni los suyos. Lo que pasa es que los muy sectarios están en la teoría de Richard Nixon respecto de Anastasio Somoza, el tirano nicaragüense: «Sí. Es un hijo de puta. Pero es nuestro hijo de puta». Pues con Rodríguez Zapatero sucede lo mismo: es un vulgar delincuente, pero Sánchez sabe que es de los suyos y no puede dejarle caer sin más. Claro que, a ver cuántos candidatos autonómicos o municipales quieren que vaya a hacer campaña por ellos en las próximas elecciones. Y no les quepa la menor duda, cuando lleguen las elecciones generales, si es que se convocan, Sánchez se habrá olvidado de él como de cualquiera que pueda suponerle una pérdida de votos superior a la que ya le apuntan todos los institutos demoscópicos de un mínimo rigor. Al tiempo.