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Pecados capitalesMayte Alcaraz

¿De qué se ríen?

Vivimos en la apoteosis de la risa oficial, falsa, artificial. Como la que exhiben Pedro y Begoña cuando pasean ante nuestras narices o cuando toman el Falcon para repanchingarse en La Mareta

No era tan difícil pero ahora es una heroicidad. Sonreír o que te sonrían. En la cola del autobús, o en la fila del súper, o al urbanita del Metro. Puedes ser tú al que le cuesta ser educado o ser el otro el que se resiste a mostrar su empatía. Hace poco decía la Princesa Leonor que había que «normalizar la amabilidad». Casi nada en estos tiempos de ruido y furia, pantallas y soledad. La simpatía no está de moda. Hace unos días publicaba un señor una carta al director en El País en la que denunciaba que, tras la muerte de su esposa, había llorado caminando por las calles, en la cola del súper, sentado en un banco… y nadie nunca, jamás, le había preguntado qué le pasaba.

Los que antes sonreían hoy van de su corazón a sus asuntos preocupados, distraídos, desprovistos de ilusión por mejorar la tierra que les dejaron sus padres. La gente normal está triste. No sabe si se quemará la casa de sus abuelos en el pueblo, si su hijo terminará muerto entre los hierros del ferrocarril, si sus primos ceutíes tendrán que esconderse en casa ante la invasión ordenada por un sultán que gobierna la debilidad de su presidente o qué calamidad le acecha mientras intenta no gastarse el sueldo entero comprando pollo envasado o pagando un alquiler imposible. Hoy solo sonríen los que no deberían hacerlo: la risotada de Pedro Sánchez ante Wyoming para justificar que se fue de vacaciones dejando tirado a los ceutís, o la que gastó para humillar a Núñez Feijóo: aquella fue tan inquietante como inolvidable. Esa carcajada de medio minuto que se permitió en la tribuna del Congreso para ridiculizar al político que había ganado las elecciones en 2023 y que sometía su investidura al Congreso solo podría ser diagnosticada por un facultativo. También es para enmarcar la dedicada en Nueva York hace unas horas a Delcy Rodríguez. Rosa Díez en su libro Caudillo Sánchez ya avanzaba una definición para el líder socialista que coincide con la «triada oscura»: maquiavélico, narcisista y psicópata.

Hay risas como las de Oda Mae Brown, en la genial interpretación de Whoopi Goldberg, en Ghost, que contagiaron a los amantes de esa cinta. Luego existe una sonrisa liviana como la del Gato de Cheshire en Alicia en el país de las maravillas. Y para terminar está la risa profundamente inquietante de Joker. Cómo olvidar cuando Joaquin Phoenix ríe con una mueca patológica, casi escalofriante. En este último personaje encaja perfectamente Pedro Sánchez y, en los últimos años, la mayor parte de sus compañeros de partido. Sonríe Patxi López cuando insulta nuestra inteligencia y Óscar Puente cuando esconde su responsabilidad en Adamuz. Sonríe la directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, al acudir ante el juez a responder de sus encuentros con un hatajo de mafiosos que querían acabar con fiscales, jueces y policías. Sonríen –dientes, dientes, que diría Julián Muñoz a Isabel Pantoja– para que todos crean que van ganando ellos y que pierden los que tratan como contrarios: los buenos. Los caballas sufriendo la muerte de su tranquilidad, o los que agachan la cabeza, no llegan a fin de mes y ven perderse por el sumidero los consensos a los que llegaron sus abuelos. Que ellos lloren, mientras los responsables de sus desgracias ríen.

El DAO de la Benemérita insulta a sus subordinados de la UCO y lo hace con una sonrisa en los labios. El general Luis del Castillo, número tres en el escalafón de la Benemérita, usa un lenguaje soez para dirigirse al general Fernando Mora para disuadirlo de aceptar la invitación de la presidenta madrileña a las celebraciones del Dos de Mayo. Sonríe uno y es zaherido el otro. Ríe Carlos Cuerpo cuando el Congreso le tumba, por segunda vez en nueve días, la senda de déficit. Ríe Albares cuando se graba una tontuna en su viaje a la ONU. Ríe la portavoz socialista, Montse Mínguez, tras ponerse solemne con los incendios en España y, cuando cree que las cámaras no le graban, hace gestos exagerados, amagando con marcharse de forma teatral y rompiendo después a reír. Como reía María Jesús Montero, con unas carcajadas propias de El Risitas, mientras nos clavaba las tijeras de Psicosis para congraciarse con Puigdemont. Ríe Yolanda mientras anhela un retiro de oro en la OIT.

Vivimos en la apoteosis de la risa oficial, falsa, artificial. Como la que exhiben Pedro y Begoña cuando pasean ante nuestras narices o cuando toman el Falcon para repanchingarse en La Mareta. O la que muestra el presidente en el banco azul, a pesar de la crisis de Estado que su inacción ha generado en la frontera sur de Europa. Ríe hasta Zapatero, que endilga al juez la investigación sobre el origen de su ajuar tras hacer la pelota, sin éxito, a la corte saudí para que le salvara el cuello.

Ahora solo nos queda recordar el certero dicho: ya queda menos para saber quién ríe el último.