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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Batukada sanchista

Hay que animar a Pedro aunque haya hecho más por devolver a sus casas a Puigdemont y a los etarras que por darle un techo a un necesitado

Pedro Sánchez impuso un cordón policial para Begoña Gómez en sus visitas al juzgado, con la idea de que nadie pudiera acercarse demasiado a presentarle sus respetos a la catedrática sostenible e inclusiva. También cerró el espacio marítimo en Lanzarote, no fuera que entre los meros se topara con algún incómodo español en sus largas jornadas de buceo. Prohibió igualmente protestar cerca de Ferraz, sede del PSOE y también de la presunta organización criminal de Zapatero, el socialista que necesita poco a excepción de un patrimonio latifundista y un joyero sin límites. E incluso acaba de limitar el tránsito en las inmediaciones del Congreso, con un perímetro de seguridad cercano a la superficie de Wisconsin, no sea que a algún peatón le dé por pasear en la zona y aplaudirle por todos sus éxitos.

Cuando la democracia le responde a Sánchez, Sánchez anula la democracia, aunque luego aplica excepciones. El contraste entre lo que se concede a sí mismo, incluso para proteger con recursos públicos a una imputada, y lo que provoca para los demás, es excelso: se puede acampar en la Puerta del Sol, desarrollar ahí talleres para aprender a «okupar» y, por supuesto, encaramarse a las ventanas de Isabel Díaz Ayuso mientras se la llama fascista a ella, a Almeida, a la Policía y a todo lo que se mueva en el lugar correcto.

Así es el sanchismo. Transforma toda respuesta legal, legítima y necesaria del Estado de derecho en una conspiración ultraderechista y blanquea, perpetra e incluso organiza todo exceso imaginable para defender sus intereses: contactar con narcos para acabar con una jueza, movilizar a un fiscal general para derribar a un adversario político, elaborar desde la Stasi de Marlaska un listado de periodistas a seguir, poner a la directora de la Guardia Civil al servicio de la encargada de una cloaca, comprarse escaños con amnistías y dinero o, como resumen de todo ello, asaltar la Presidencia sin ganar en las urnas, sin mayoría parlamentaria y sin Presupuestos.

En esa cosmovisión hay que ubicar ahora la invasión de la Puerta del Sol por una turba compuesta por exaltados e incautos en la que acabarán quedando solo los primeros cuando los segundos se den cuenta del juego y entiendan que nada aleja más dar con alguna solución para la vivienda que respaldar a quienes llaman rentistas a sus propios padres y dejan que el Gobierno salga indemne tras ocho años dedicando todas sus energías a devolver a Puigdemont y a los etarras condenados a sus casas que a darle una a los más necesitados.

Sánchez solo quiere una Presidencia que ni merece ni se ha ganado para vivir bien, viajar por el mundo, colocar a los amigos y poner su firma en un montón de cheques en blanco para todas las tramas corruptas que, sin él, no hubieran prosperado. Pero no para hacer lo que se espera del cargo, que es buscar el bien común y anteponer los puentes a las trincheras.

Cuando llega ese momento, el resultado es desolador y toda su propuesta es volver a 1936 en lugar de mirar de 2026 hacia adelante, en un viaje guerracivilista al pasado con el que pretende tapar sus fracasos con un guateque vintage con los grandes éxitos frentistas de hace casi un siglo.

Los acampados de Sol son los tontos útiles del sanchismo y también el producto de aquel 15M que dejó la peor herencia política de la Transición: un discurso infantil y sectario a partes iguales, un genoma de ruptura y confrontación y un populismo barato que chapotea siempre en el mismo charco: generar bandos irreconciliables y creer que los remedios en una sociedad confusa pasan por distribuir la miseria en lugar de por generar algo de abundancia. Y ahora a seguir gritando, que la batukada no pare: Pedro y Begoña están bailando en La Moncloa, que ya se merecían una velada tranquila.

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