Todo palidece
Porque la humanidad palidece cuando los padres de un hijo muerto abrazan con una sonrisa a quienes se acercan frente a un ataúd de cincuenta centímetros a llorar su muerte
Hace dos semanas tuvimos el privilegio de asistir a la misa de gloria del hijo de unos amigos. Era el pequeño de cinco hermanos, pero nació demasiado pronto y con un problema pulmonar que, a pesar de las oraciones y las intervenciones, no logró superar. Dios lo llamó nueve días después de haber nacido, treinta después de su concepción.
No consiguió vivir lo suficiente para que sus padres le descubrieran este mundo, ni para crecer junto a sus hermanos, pero sí lo suficiente para que la familia lo conociera, lo amara y lo bautizara y el resto del mundo palideciera.
Enterrar a un hijo seguramente sea un dolor capaz de zarandear los corazones más alegres. El día de nuestro matrimonio, en la bendición nupcial, nos dijeron: Que su unión sea fecunda, sean padres de probada virtud, vean ambos a los hijos de sus hijos y, después de una feliz ancianidad, lleguen a la vida de los bienaventurados en el reino celestial.
Pero hubo uno que se adelantó, y se fue al cielo incluso antes del primer biberón. Y cuando esto sucede, el mundo se horroriza, llora, tiembla y se quiebra. Pero esos padres, de rodillas, y con profunda tristeza en el corazón, celebraron con enorme paz el encuentro de su benjamín con el Creador. Y es entonces cuando todo lo que está a su alrededor palidece.
Porque la humanidad palidece cuando los padres de un hijo muerto abrazan con una sonrisa a quienes se acercan frente a un ataúd de cincuenta centímetros a llorar su muerte.
La humanidad palidece cuando una familia celebra como una victoria tener a uno de los suyos intercediendo por ellos en el cielo. La humanidad palidece cuando la esperanza vence, incluso a la muerte, igual que Jesús en la cruz.
Todas nuestras angustias, ambiciones y preocupaciones palidecen al lado de una familia que por la fuerza de los hechos lleva años aprendiendo a transitar, con ejemplar alegría, por este valle de lágrimas que tarde o temprano todos tendremos que cruzar. Y mejor hacerlo como ellos para que, cuando muramos, podamos encontrarnos con su hijo, que ahora desde el cielo, también cuida especialmente del nuestro que, como él, también ha venido al mundo con una enfermedad bajo el brazo.
Todo palidece cuando descubrimos la grandeza del Señor.