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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Sánchez y la memoria de Calvo Sotelo

Este subestimado concejal de Madrid que increíblemente ha llegado a presidente se va a ir matando

En su libro Memoria viva de la transición, Leopoldo Calvo Sotelo (respetemos que él lo escribía sin guion), con la fina ironía e inteligencia que le definieron, rememora el traspaso de poderes que le hizo Adolfo Suárez. Cuenta el segundo presidente de la democracia que, el 26 de febrero de 1981 –tres días después del golpe de Tejero–, en la puerta del Palacio de la Moncloa, el jefe del Gobierno saliente le espetó: «Llevarás aquí una vida inhumana». Tras Calvo Sotelo vinieron cinco presidentes a vivir a ese complejo. De todos se dijo que sufrían, en mayor o menor medida, más pronto o más tarde, «el síndrome de la Moncloa»: el apartamiento de la vida ciudadana, una suerte de mal del alma por la presión de la política, que los conducía a atrincherarse en su despacho. Así fue hasta 2018, cuando el último de ellos ha invertido los factores descritos por el político que fue alcalde honorario de Ribadeo: su vida no se ha deshumanizado, ha deshumanizado todo cuanto existe más allá de las columnas de aquel palacio. Puertas adentro todo es fieramente humano, viciosamente inmoral, cruelmente real.

Al contrario de lo que auguró Suárez, quizá porque sufrió las luchas cainitas de su propio partido entre aquellas cuatro paredes hasta asfixiar sus posibilidades de seguir en el poder, la vida de Pedro Sánchez en Moncloa es terriblemente humana, en el peor sentido posible. Allí se han desatado los demonios más humanos: la ambición, el egoísmo, la vanidad, la mentira, el odio, el ventajismo, la inmisericordia, el sectarismo. Por primera vez en los últimos años, la desesperanza campa extramuros de aquel centro de poder. No es la gente –fuego amigo, adversarios políticos– la que hace inhumana la vida dentro, como nuestro primer presidente supuso, es el morador de Moncloa el que ha deshumanizado a todos a base de convertirnos en números desafectos a los que lanzar al otro lado del muro, a base de liquidar nuestros consensos, nuestra convivencia, nuestro respeto, nuestras instituciones. Hasta llegar a hoy, un día en el que Moncloa no es el centro neurálgico de España, sino de Sánchez, que es una mentira que gobierna; ni siquiera –ojalá– un gobernante que eventualmente miente. Es mucho peor.

Encuestas-flash, coreografía de cientos de asesores danzando en torno al líder de la trola, publicidad gubernamental buscando razones para convocar elecciones o atrincherarse, estómagos ahítos midiendo si la agitación social vendida como indignación contra la vivienda precaria, pero que solo buscaba mantener la solución habitacional de Pedro, es razón suficiente para echar la moneda al aire y dar la palabra a los españoles. Esos españoles que ya no saben si desear que abran las urnas –por si dentro se esconde alguna pequeña posibilidad de que el franckenstein sobreviva– o esperar. Lo único cierto es que este subestimado concejal de Madrid que increíblemente ha llegado a presidente se va a ir matando.

Moncloa es hoy su antojo, desde donde parte, reparte y se queda con la mejor parte. Esta mañana puede pasar cualquier cosa cuando imposte la voz y nos cuente si ha decidido seguir siendo un hombre enamorado mientras contempla a su dama sentada en un banquillo o da la voz a la calle a la que ha dividido entre los de arriba y los de abajo, los fachas y los progresistas, los poderosos y los humildes, los autónomos y los paniaguados del sector público y, por fin, los propietarios y los inquilinos. El que colocó hace una década una urna entre las sombras de una habitación en Ferraz y hace tres puso una mesa en Suiza con relator salvadoreño para no marcharse es capaz de cualquier cosa. Y ninguna será buena. Porque quien no debería haber pasado de ser Mister Pozuelo, corre tanto que la ética, la defensa del hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra bueno, nunca le alcanzan.

En ese magnífico y sutilmente sarcástico libro de memorias, el fallecido hace ya 18 años presidente que, aunque nacido en Madrid se sentía de la hermosa Ribadeo, denuncia la inclinación caudillista de algunos de ejercer «una especie de democracia directa, con los modos antiguos de persuasión política que vinculan a los ciudadanos con un líder sin utilizar necesariamente el cauce de un partido». Es el caso. Me atrevo a vaticinar que esto no va a acabar bien. En cualquier presidente de esos a los que apela Calvo Sotelo cabría aplicar lo que él demandaba a Felipe González: «No necesita más que un minuto de honradez consigo mismo». El problema es cuando la honradez del apercibido es la oquedad de un dónut.

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