Entierros
El Rey alejado, Don Juan Carlos, tiene que pensar en su nueva vida en España. La fuerza y las ganas de vivir son las compañeras que necesita. Después, que todo llega, será España la que organice su entierro. Y lo hará como se merece. Como dice la escritora Laurence Debray, «ustedes en España entierran muy bien»
En el libro Mon Roi déchu (Mi Rey Caído) de Laurence Debray, el Rey Don Juan Carlos, el Rey alejado que no exiliado, se refiere al funeral y entierro del Duque de Edimburgo, que le pareció «magnífico, muy conmovedor y elegante». Y al de su Padre, Don Juan De Borbón, Juan III para los viejos monárquicos resistentes, «que fue muy bonito». Al Duque de Edimburgo le faltó lo que Don Juan tuvo. La salida desde el Palacio Real de Madrid, el más rico y poderoso de Europa, y la llegada, el Te Deum y entierro en el Monasterio del Escorial. Y Don Juan Carlos remacha: «Ahora me toca pensar en el mío».
Está bien que lo piense, pero sin prisa. Lo que toca ahora es preparar la vuelta a España desde su injusta y humillante lejanía. La vida es así. Cómo decía Don Juan con retranca castiza, «a qué buenas cacerías me invitan los que me dieron la espalda durante los 40 años de exilio». Y lo decía sin rencor, que en el ánimo y el cuerpo de Don Juan no tenía lugar ni sitio.
En su funeral de Estado, el representante de la Reina de Inglaterra fue el Príncipe de Gales. Al abandonar el coche, se detuvo durante un minuto admirando la fachada norte del Monasterio, y comentó: «Jamás he visto mayor grandeza». Don Juan Carlos tendrá esa grandeza y no tiene que preocuparse por su entierro. Lo que tiene que hacer es volver, perdonar a los que le han abandonado, y vivir en España lo que Dios le tenga asignado, que espero sea mucho tiempo.
El gran Luis Sánchez-Polack Tip, sentía una gran curiosidad por su entierro. Lo dejó escrito en una cuarteta de su genial poemario Cantares del Mío Tip.
Quiero estar vivo,
Para ver si a mi entierro
Van mis amigos.
Cuando Jaime –Jimmy–, de Mora y Aragón sufrió un gravísimo infarto, pasó en la UVI del hospital más de una semana. A los pocos días se hartó del aburrimiento de la UVI y desobedeciendo órdenes médicas y normas hospitalarias se incorporaba de su cama, y acudía al habitáculo de las enfermeras. –Todas eran monísimas, pero había una maravillosa–. Las enfermeras le regañaban con suavidad, y en una de sus visitas, arrastrando el artefacto con ruedas del suero gota a gota, descubrió en un rincón del cuarto un precioso uniforme de gala. –Y este uniforme tan bonito, ¿de quién es?, preguntó Jimmy. –Este uniforme tan bonito es suyo, don Jaime, y lo han traído sus hermanos para su entierro. –Vaya panda de cabrones, musitó.
Los entierros, por bien pensados que estén, no siempre responden a los planes. El ataúd del último dandy español, el Duque de Osuna, que se arruinó por dejar a España en el lugar más alto como embajador en San Petersburgo, no entraba por su ampulosidad en su enterramiento. Agustín de Foxá quería que lo enterraran donde pudiera ver la luna. A Mozart lo enterraron sin féretro, dejando caer su cuerpo en una fosa común de desheredados. Y sea recordado el ridículo entierro con pretensiones ceremoniales del Viejo Profesor, don Enrique Tierno Galván, en aquella terrible carroza de estilo 'Remordimiento'.
El Rey alejado, Don Juan Carlos, tiene que pensar en su nueva vida en España. La fuerza y las ganas de vivir son las compañeras que necesita. Después, que todo llega, será España la que organice su entierro. Y lo hará como se merece. Como dice la escritora Laurence Debray, «ustedes en España entierran muy bien».
Pero en el caso del Rey alejado, sin prisa.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 8 de octubre de 2021