¿Quién mató a Maricarmen?
Algunas reflexiones sobre el obsceno y triste caso que quieren explotar los que no supieron evitarlo
Pedro Sánchez no ha asesinado a Maricarmen, pero tampoco es su viudo. Y quienes carecen de un techo decente tienen derecho a uno, pero no a quitárselo al de al lado. Son dos obviedades que, en estos tiempos difusos, parecen no estar claras, y ahí se enquista el problema: un irresponsable al frente que siempre busca a quién cargarle el muerto en lugar de a evitar una muerte; y una parte de la población infantilizada que se siente vulnerable por todo y responsable de nada.
Es la combinación perfecta para que todo se estropee y a cada solución se le encuentre un problema nuevo a sumar al anterior. El líder socialista, por ejemplo, tiene un balance cuantificable en este asunto desolador: con él ha habido casi 300.000 desahucios en España; el precio de la vivienda se ha disparado cerca de un 90% en compra y un 50% en alquiler; las denuncias anuales por okupación llegan ya a las 16.000 y no se han hecho pisos de promoción pública ni para empatar el patrimonio conjunto del gobierno y asociados, que sí ha engordado y da para realojar a los campistas de la Puerta del Sol.
Todo ello en un contexto de empobrecimiento galopante y de inhumana presión fiscal que ha engordado como nunca las arcas públicas y despeluchado aún más de lo habitual los bolsillos de la ciudadanía: los precios generales se han disparado cerca de un 30%; los de los alimentos un 41% y el latrocinio fiscal se lleva más de uno de cada dos euros ingresos, con récord de recaudación para el Estado y de pérdida de poder adquisitivo para quienes pagan la fiesta.
Este es el paisaje en el que ha muerto Maricarmen, pobrecilla, utilizada burdamente por los mismos que jalean huelgas generales contra la oposición, como en Venezuela o la Argentina reciente, y pretenden colocar la mentira de que ella fue desalojada y ha fallecido porque la derechona buitre no ha aprobado dos decretos chavistas que son a la solución de la carencia y el coste de la vivienda lo que el güisqui a las terapias de curación del alcoholismo.
Una sociedad adulta no se siente robada por quien tiene ni quiere menos ricos sino menos pobres, con una oferta razonable para vivir en los cuatro o cinco asuntos que justifican el pago de impuestos: sanidad, seguridad, educación, justicia y un trabajo decente que permita llenar el plato y dormir a cubierto.
En todos esos parámetros ha habido una regresión cuantificable con un gobierno que tampoco utilizó su capacidad legislativa para evitar dramas como el de Maricarmen y tantos otros y, al quedar desbordado por la evidencia de que las novias de Ábalos accedieron más rápido a un piso que sus abuelas, ha decidido echarle la culpa al casero de la finada en lugar de animarla, con su edad, a aceptar la mejor propuesta posible para que su vida cambie poco a pesar de lo que diga la ley.
Los Sánchez/Gómez tienen un patrimonio inmobiliario que algunos sitúan en al menos diez propiedades, incluyendo un ático en el centro de Madrid que sorprendentemente lo alquila Óscar López, responsable de la pública Muface, al precio de una caseta de pastor en una pedanía de Cuenca. Son, y con los años lo serán aún más, unos rentistas de libro, con un añadido inquietante: la riqueza que logran y lograrán sin mover un dedo procede de las inversiones en ladrillo hechas por el propietario de lupanares donde se explotaba sexualmente a hombres, mujeres y jovencitos.
Sánchez no mató a Maricarmen, pero no es su viudo: solo es el incompetente caradura que habla desde el gobierno como si estuviera en la oposición y huye de todos los escenarios que previamente devasta, en cualquier ámbito imaginable, provocando un incendio social mientras él se fuma un puro.
Maricarmen se ha muerto porque a su edad podía pasar, su caso merece una reflexión decente que analice las responsabilidades personales y colectivas presentes siempre en cualquier asunto y no esconda ninguna de ellas, y Pedro Sánchez lleva ocho años esquilmando España y gastándoselo como un ludópata en armas un sistema clientelar que da para trincar algunos votos, pero no para atender con humanidad a una señora mayor que merecía una ayuda y la verdad; no un paseíllo demagógico mortuorio antes de acabar en un frío tanatorio.