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Perro come perroAntonio R. Naranjo

El plan de Sánchez con Puigdemont

Uno hará cosas de independentista, vaya novedad, pero el otro de traidor, que tampoco es una sorpresa

Los separatistas son siempre separatistas, hacen cosas de separatistas y no van a dejar de ser separatistas. Es como ser pelirrojo, varón o bajito, una condición natural inevitable e irreversible. Esto es lo que hay. De aquí no me muevo. No puedo cambiar. El resto, salvo el equipo de fútbol integrado también en el ADN, es negociable.

La fe, los amores, las ideas y la ideología pueden mutar, desaparecer, mejorar o empeorar, pero lo de tener el pelo rojo o querer que Cataluña o el País Vasco dejen de ser España y pasen a ser el país independiente que nunca existió salvo en esas cabecitas no se pasa, no se cura, no desaparece: es lo que hay.

En política, conocemos las desventajas de esa patología: durante décadas unos mataron, secuestraron y extorsionaron en nombre de ese afán infantil, aunque Sánchez ha intentado borrar esa memoria para que Otegi le vote a cambio de ayudarle a sacar etarras de la cárcel y de blanquear a un partido que a estas alturas no ha condenado todo ese horror, homenajea a sus autores materiales y mantiene intactos sus objetivos inmundos.

Y otros no mataron, pero intercambiaron también sus votos por la lenta construcción de estados dentro de España con casi todas las atribuciones menos el DNI. Y cuando pidieron también el DNI, lo hicieron con un golpe de Estado que ellos presentan como una Revolución de los Claveles pero es una asonada antisistema.

Bien, y pese a todo eso, tipos como Puigdemont y Junqueras se merecen más respeto que Pedro Sánchez, cuyo único lema es el de Groucho Marx, «Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros» y al que solo mueve el placer propio, una especie de onanismo político consistente en hacer cualquier cosa con tal de darse gustirrinín personal.

El problema, pues, no es que Puigdemont sea amnistiado y no renuncie a nada, sino que Sánchez pasara de apoyar el 155 que le hizo fugarse a darle una amnistía a cambio de que le alquilara siete escaños: el acto supremo de corrupción, infinitamente más grave que intercambiar una recalificación urbanística por un maletín lleno de fajos de billetes.

Los independentistas, recordemos, hacen cosas de independentistas, y por eso hay que reconocerles cierta coherencia y hasta una disposición a pagar el precio por sus anhelos. Junqueras fue a prisión y Puigdemont ha vivido fuera de su casa, lo que encierra cierta dignidad perversa. Al menos están dispuestos a sufrir en sus carnes las consecuencias de sus actos, sin renunciar a las razones que les llevaron a perpetrarlos.

Una previsibilidad que también da una pista a España: hay que aislarlos, dejarles que jueguen a los países como otros a los indios y los vaqueros en un rincón del patio del colegio, permitiendo que se diviertan pero no afecten al resto de colegio.

Quien no tiene excusas es el presidente Rompetechos que lo mismo les mete en la cárcel que les sacar para hacer hueco en la celda a la Constitución, como si toda factura colectiva, por brutal que sea, estuviera ben pagada si con ella se arrienda él un ratito en el Falcon.

Escandalizarse con los independentistas, en fin, es como hacerlo con los seguidores del Fulham o los veganos: es lo que hay, y solo se trata de que hagan sus cositas sin molestar ni condicionar al resto, sin imponer el menú ni los colores y recibiendo la sanción oportuna cuando pretendan que sus delirios traspasen sus fronteras mentales e invadan las reales del resto.

Aquí el tema no es Puigdemont, sino Sánchez, que ha firmado una amnistía que también es una sentencia de muerte para España si él vuelve a gobernar: porque necesitará de nuevo a los locos y ya les ha dado todo salvo una cosa, que es la que le pedirán y él concederá para poder seguir otro rato en La Moncloa. Esto es, el Estado propio y la República para todos. Porque unos hacen cosas de independentistas siempre y, el otro, de traidores. Cada uno en su condición, todos previsibles.

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