¿Qué trama Sánchez?
El fin de Sánchez ha comenzado, pero mucho me temo que el 29-N no será su capítulo final. En todo caso, empecemos por la primera tarea que tenemos ante nosotros: aplastarle en las elecciones
Ya tenemos elecciones. Pedro Sánchez ha convocado a los españoles a las urnas el 29 de noviembre.
Todos los que no somos sanchistas estamos de celebración; por fin tenemos otra oportunidad de librarnos de esta lacra. Sin embargo, muchos votantes también han acogido la noticia con cierto miedo. Y es un miedo comprensible. Este hombre ha resucitado más veces que nadie en la política española, y ha demostrado habilidad para saber medir los tiempos. Así que la pregunta que hoy se hace media España es: ¿qué tendrá escondido esta vez? ¿Qué as se va a sacar de la manga este tipo ahora?
A mí ese miedo no me importa si sirve para evitar que nadie se confíe. Que les quede claro al PP y a Vox, por el amor de Dios, que no hay que dar estas elecciones por ganadas. Hay que ir a por todas, concentrados en el verdadero enemigo, que es el sanchismo, y hundirlo en las urnas.
Ahora bien, no confiarse no significa tenerle miedo, porque la realidad es que Sánchez no es ningún mago y, ahora mismo, lo tiene negro. Las principales encuestas dan a PP y a Vox una holgada victoria con más de 200 escaños. Es decir, aunque las encuestas estuvieran muy infladas, tendrían que equivocarse en casi 30 escaños para que la derecha se quedara sin mayoría. Lo normal, lo lógico, es que Sánchez pierda.
Pero, entonces, si las va a perder, ¿por qué convoca Pedro elecciones ahora? Nadie le obligaba, podía haber esperado. Yo veo tres razones que le han llevado a tomar esta decisión.
La primera es el relato. Por primera vez en mucho tiempo, Sánchez tiene una historia que contar. Las protestas por la vivienda han movilizado a la izquierda como no se veía en años, y la conversación pública ya no va de corrupción, ni de Ceuta, ni de un gobierno sin presupuestos, ni de los continuos desastres de gestión, ni del esperpento general que es su gobierno. Va de alquileres, de especulación y de rentistas. Y ese es el terreno donde Sánchez se siente más cómodo, porque le permite hacer su discurso guerracivilista de siempre: a un lado, una ultraderecha de ricos, explotadores y fondos buitre; al otro, él, que está del lado de «la gente».
La segunda razón es la canibalización de la izquierda. Durante estos años, Sánchez se ha ido comiendo todo lo que tenía en su flanco más radical. Ese espacio está hoy desorganizado y sin líder. Si Sánchez hubiera esperado al verano, habrían tenido meses para ponerse de acuerdo en una candidatura unida, bajo Rufián o bajo quien fuera. Y eso le haría mucho daño electoral.
La tercera son sus propios barones. Si esperaba al verano, antes llegaban las municipales y autonómicas de mayo, que pintaban fatal. Habría repetido 2023: una paliza en mayo, los barones culpándole de perder sus feudos y unas generales cuesta arriba. Convocando ahora, se ahorra ese trago. Y si pierde en noviembre, los suyos irán a las urnas en mayo contra un Gobierno nuevo de PP y Vox, y no cargando con él.
Sánchez ha calculado que, por malo que sea, este es el mejor momento para jugársela. Pero, siendo sinceros: ¿cree el propio Sánchez que tiene alguna posibilidad de ganar? Mi impresión es que sabe que no hay forma de vencer y, por eso, su objetivo no es quedarse en Moncloa, sino en Ferraz… por el momento.
El plan es aprovechar el relato de la vivienda y el voto de toda la izquierda, concentrado en su figura, para sacar un resultado digno. No necesita ganar; le basta con quedar mejor de lo que dicen las encuestas. Con ese resultado, y con la mano de hierro con la que controla lo PSOE, tendría asegurada la secretaría general. Los barones protestarán en voz baja, como siempre, pero él seguirá ahí apoltronado.
Seguir al frente del PSOE le otorga dos ventajas. Una, conservar cierto poder e influencia como líder de la oposición; poder e influencia que, si bien limitados, le ayudan a capear parte del temporal judicial que tiene por delante, con el caso Begoña a la cabeza. Y, dos, preparar un nuevo ataque a Moncloa, cuando las cosas le sean más favorables.
Sánchez apuesta por una próxima legislatura corta, de dos o tres años. En este tiempo, tengo claro que su estrategia pasa por incendiar las calles desde el minuto uno, con protestas permanentes contra ese gobierno de «ultraderecha» que, previsiblemente, formarán PP y Vox. Estos días ya hemos visto un adelanto: manifestantes rodeando el Congreso, una acampada en Sol y el Sindicato de Inquilinas llamando a la huelga general. Será un Sánchez insurreccionista, más parecido al Podemos de 2014 que al PSOE de Felipe González. Nada nuevo en alguien que lleva tiempo echado al monte.
Además de incendiar las calles, Sánchez también espera inestabilidad en la coalición de derechas. Las diferencias, peleas e incluso odios entre PP y Vox son tristes pero reales. Espero, por el bien de España, que esas desavenencias no impidan formar gobierno en caso de lograr mayoría el 29-N, pero formar gobierno y luego gobernar de forma estable son dos cosas bien distintas.
El fin de Sánchez ha comenzado, pero mucho me temo que el 29-N no será su capítulo final. En todo caso, empecemos por la primera tarea que tenemos ante nosotros: aplastarle en las elecciones.