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El ojo inquietoGonzalo Figar

¿Qué nos hace españoles?

No tengo respuesta a quién debe tener el carné de español. No sé si un chaval nacido en Vallecas que se siente marroquí es más español que un bisnieto de gallegos que jamás ha salido de Montevideo. Lo que sí tengo claro es que ese carné no vale nada mientras no digamos qué significa tenerlo

Hace unos días se disputó, por primera vez en décadas, un Gran Premio de Fórmula 1 en Madrid. Con la alegría de estar en la capital de España, Carlos Sainz Jr. dijo que estaba muy contento de correr en casa. Y, cómo no, no tardaron en saltar los sospechosos habituales a echarle en cara que su casa está en Mónaco, que allí es donde tributa y que quien no paga aquí no puede decir que este sea su hogar.

Y a mí, más que el ataque típico de la izquierda estatista, me dejó pensando la pregunta que hay debajo. Porque mientras a Sainz le retiran el carné de español por una cuestión de domicilio fiscal, a miles de personas que viven a diez mil kilómetros y que jamás han pisado este país les entregamos la nacionalidad por la cara. También este verano, durante el Mundial, volvieron a circular imágenes ya conocidas de chavales nacidos y criados en barrios españoles, hijos y nietos de inmigrantes, celebrando con la bandera marroquí por las calles de Madrid y Barcelona, con más apego a un origen que no han vivido que al país en el que crecieron.

Tres casos, tres criterios y ninguna consistencia. A mí me chirría. Lo que ocurre es que a una parte de este país no le chirría nada, porque hace tiempo que decidió que España es la suma de sus administraciones. Para cierta izquierda estatista, la nación no es una comunidad con historia, lengua y costumbres, sino un organismo público con un presupuesto. Nuestro vínculo con ella no sería entonces un vínculo de pertenencia, sino de contribución, y el carné de español lo expediría Hacienda. Ya no se pregunta de dónde eres, sino dónde tributas.

Y ese criterio es una chorrada. Si ser español consiste en pagar impuestos en España, un niño de seis años no es español, y sí lo sería el alemán que aterrizó en enero con un buen contrato. Nadie cree eso de verdad. Los impuestos no crean la pertenencia: la presuponen. Uno contribuye a lo que ya considera suyo, nunca al revés. Quien invierte el orden no está definiendo la nación; está describiendo la Agencia Tributaria.

Porque España no es su Estado. España es una comunidad. Es una lengua que hablan seiscientos millones de personas. Son cinco siglos largos de historia, con Isabel la Católica y con el 98, con lo que enorgullece y con lo que avergüenza. Es cenar a las nueve, que en media Europa es una excentricidad. Es la casa de la abuela los domingos, las familias grandes, la sobremesa que se alarga, el bar de abajo, la Semana Santa y la cena de Nochebuena. Todo eso existe antes que la Administración. Uno pertenece a ello porque lo ha recibido y lo reconoce como propio, y porque asume el compromiso que exige el ser parte de ese algo.

Ahora bien, si reducimos la nación al Estado, solo podemos ofrecer lo que el Estado administra. ¿Y qué le ofrecemos entonces al inmigrante que llega? Prestaciones. Sanidad. Un pasaporte que abre fronteras. Un nivel de vida de los mejores del planeta. Le ofrecemos una tarifa. Y a una tarifa nadie se adhiere: una tarifa se aprovecha. Le hemos vendido un paquete de servicios y nos escandalizamos de que lo trate como tal. Pues claro que no tiene lealtad ni apego, si nunca le hemos ofrecido nada que no sea material.

Y es que, precisamente, el problema empieza en nosotros. Si no sabemos decir quiénes somos, no podemos pedirle a nadie que se incorpore. Si nos avergüenza nuestra historia, no podemos exigir que otros la respeten. Si no defendemos nuestra forma de vida, no podemos reprochar que no la adopten. La integración no fracasa en la frontera; fracasa mucho antes, el día en que dejamos de creer que somos algo más que lo que pueda describir un contable.

Llevamos décadas sin atrevernos a hablar de identidad. De identidad de verdad, porque de identidades de laboratorio hablamos todo el rato: sexual, de género, racial, territorial. Hemos convertido en identitario lo individual y en tabú lo común, que es justo al revés de como debería ser. Sí hay algo que, como españoles, compartimos, que nos precede, que nos forma y moldea, es precisamente todo lo anterior: la lengua, la historia, las costumbres, la manera de estar en el mundo. Eso es la identidad. Y de eso, que es lo único verdaderamente común, no se habla.

No se habla por dos motivos. Por complejo, porque una narrativa entera nos ha enseñado que nuestro pasado es solo colonialismo y saqueo, y que valorar lo propio es despreciar lo ajeno. Y por comodidad: llevamos setenta años de paz y abundancia, y uno sólo se pregunta quién es cuando algo le amenaza. El relato nos hizo culpables y el éxito nos hizo perezosos. Ambas juntas nos hacen decadentes.

No tengo respuesta a quién debe tener el carné de español. No sé si un chaval nacido en Vallecas que se siente marroquí es más español que un bisnieto de gallegos que jamás ha salido de Montevideo. Lo que sí tengo claro es que ese carné no vale nada mientras no digamos qué significa tenerlo: a qué proyecto te sumas, qué forma de vida haces tuya, de qué comunidad pasas a formar parte y a qué te compromete eso. Ser español no significa nada si no es más que un registro fiscal.

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