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El ojo inquietoGonzalo Figar

¡Vivan los amigos!

La amistad sincera es una forma de amor. No un amor menor, no un amor de segunda; amor real, con todo lo que eso implica. Apoyas, perdonas, te alegras de verdad cuando a tu amigo le va bien, y corres en su ayuda cuando la necesita, aunque no te la pida

Empiezo a escribir esto después de una cena de amigos a los que llevaba un par de meses sin ver. Dos horas de picoteo, cervezas, conversaciones y risas con gente que, de repente, se cruzó en mi camino hace años, décadas, y aquí seguimos, unidos y alegres sin saber muy bien por qué.

La amistad es una de las formas más extrañas de querer a alguien. No la eliges como eliges un trabajo, consciente y deliberadamente, ni tampoco te viene dada como te viene la familia. Aparece. Se instala. Y muchas veces ni siquiera sabes explicar por qué.

Prueba a responder esta pregunta: ¿por qué eres amigo de fulanito? Lo más probable es que te falten las palabras. «Porque le conozco de toda la vida». «Porque es muy buen tío». Respuestas vagas. La amistad, cuando es de verdad, resiste mal el análisis. Es una de esas cosas que se sienten antes de que se entiendan. Y, además, a los hombres nos cuesta mucho eso de poner palabras a los sentimientos… salvo con copas a las 3 de la mañana, donde, ahí sí, los «te quiero mucho, tío» empiezan a fluir al mismo ritmo al que bajan los gin-tonics.

Una de las cosas más curiosas de la amistad es que uno no es el mismo con todos sus grupos de amigos. Con unos eres más serio, con otros más payaso, con otros más reflexivo. Cada grupo saca una parte distinta de ti y, también, aprendes a acoplarte al rol que juegas dentro de cada grupo. Porque dentro de cada grupo se forman dinámicas, papeles que nadie reparte y que, sin embargo, se cumplen con una puntualidad asombrosa.

Por ejemplo, en todo grupo siempre hay uno que organiza todo y, como tal, suele ser bastante mandón. En uno de mis grupos, vivimos bajo la dictadura del Gervarato: mando duro, criterio claro, disciplina. Nos metemos con él porque manda demasiado pero, en el fondo, estamos encantados de que lo haga, porque cuando él organiza, las cosas salen.

Luego está el competitivo, ese amigo del alma pero que siempre parece estar picado contigo, que convierte cualquier cosa en una rivalidad silenciosa que solo él ha declarado. Los hay estructurales, que compiten con todos en todo momento; y los hay puntuales, que sólo en algo concreto se vuelven enemigos mortales. En mi caso, es jugando al golf contra Pablo G. Me llena más ganar a Pablo que soñar con ganar Augusta.

También hay, en todo grupo, el amigo vacilón, el despistado, el inmaduro, el peculiar, el ausente, el friki, el que siempre se equivoca al pedir comida, el que está mejor a los 45 que a los 20, el pesetero… En fin, que en un pequeño grupo de amigos puede haber más personalidades que en un manicomio y, sin embargo, algo os une, algo indescifrable hace que todo encaje.

También es cierto que en los grupos grandes siempre hay alguien que te cae regular. Un tío que está ahí, que se supone que es tu colega pero del que dices de vez en cuando: «pero este tío ¿por qué está en el grupo?» Aun así, ahí sigue, nadie lo echa ni tú tampoco te vas. Con los años entiendes que eso también es parte del trato.

Los grupos de amigos siempre han necesitado un medio. Antes eran las cadenas de mails y hoy son los grupos de WhatsApp. Y lo curioso es que el chat de WhatsApp ha pasado a ser, literalmente, la definición del grupo: si alguien te pregunta quiénes son tus colegas, acabas por responder «pues los que estamos en el chat». La mayoría de los mensajes son chorradas: cadenas de vaciles, fotos antiguas, miles de felicitaciones seguidas y alguna que otra pelea política. Pero son el hilo que mantiene todo unido.

Uno de los signos más claros de que un grupo de amigos está unido es que desarrollan sus propias expresiones. Palabras que solo entienden ellos, referencias que para el resto no significan nada. En uno de mis grupos, una «engotí» es una coca-cola, una «merrian» es una piscina y al móvil le llamamos el «terra». Es algo totalmente absurdo, y ni yo mismo sé de dónde salen la mitad de estos términos, pero los uso con más disciplina que un académico de la RAE. Ese lenguaje es el tejido del grupo, la señal de una historia compartida, igual que esas anécdotas o historietas que ya todos conocéis, que os habéis contado mil veces... y que, en la próxima cena, irremediablemente, volveréis a contar.

Hubo una época en la que uno estaba todo el día con sus amigos, como en la etapa de universidad, jugando al mus, tomando copas, perdiendo el tiempo de la manera más profesional posible. Con los años, los amigos se ven menos. Llegan la familia, el trabajo, las distancias. Y aun así, después de meses sin veros, podéis sentaros en una mesa con una caña y en cinco minutos parece que no os habéis separado nunca.

La amistad sincera es una forma de amor. No un amor menor, no un amor de segunda; amor real, con todo lo que eso implica. Apoyas, perdonas, te alegras de verdad cuando a tu amigo le va bien, y corres en su ayuda cuando la necesita, aunque no te la pida.

Os quiero, amigos. Incluso a ti, Boni.

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