«Papá, ¿por qué no eres de izquierdas?»
En el fondo, son etiquetas tontas, así que no te preocupes por ellas. Tú, querida hija, sólo piensa en ser buena, en ser responsable, en esforzarte mucho y en ayudar a los demás, y pide que nadie te moleste, en especial los que mandan
Mi hija mayor tiene ocho años y, gracias a Dios, todavía vive muy alejada de los asuntos políticos. Pero, en algún momento, empezará a hacerse preguntas, seguramente inspirada por cosas que oirá en el colegio. Como en este mundo postmoderno le venderán que lo cool y apropiado es ser progre, ya estoy temiendo el día que venga a casa y me suelte: «Papá, ¿tú por qué no eres de izquierdas?».
Entonces, le comenzaré explicando que todo parte de una filosofía, de un modo de ver la vida anclado en unas certezas, valores e ideas. Le explicaré, lo primero, que las cosas son verdad o mentira, y que eso no depende de cómo te sientas tú ni de cómo se sienta nadie. Si rompes un jarrón y luego dices que se cayó solo, ¿cambia eso lo que pasó? No, hija: lo rompiste tú, lo cuentes como lo cuentes. A veces la verdad cuesta encontrarla y hay que buscarla, preguntar, dudar. Lo que no vale es rendirse y decidir que, como cuesta, cada uno se invente la realidad que más le convenga.
Dado que existe la verdad –seguiré explicándole–, también existen el bien y el mal, las cosas buenas y las malas. Habrá quien te diga que todo depende, que el bien y el mal son cosas relativas, que pueden cambiar. No te lo creas. Mentir a mamá está mal; ayudar al que lo necesita está bien. Ninguna circunstancia cambia eso.
Y como el bien y el mal existen, tú puedes elegir entre uno y otro. A eso lo llamamos libertad. Pero ojo, hija: ser libre no es hacer lo que te dé la gana. Es elegir tu camino y aceptar después lo que venga. Si una mañana decides no estudiar, luego no podrás quejarte del suspenso. A eso se le llama responsabilidad, y va siempre pegada a la libertad, como la sombra al cuerpo; no hay una sin la otra.
Nada de esto me lo he inventado yo, hija. Son cosas que muchas generaciones antes que nosotros fueron descubriendo a fuerza de acertar y de equivocarse durante años y años. A eso lo llamamos historia, y también tradición. Por eso desconfío de los que quieren romperlo todo y empezar de cero, como si todo lo que hubiera venido antes no sirviera. Tenemos que conservar lo bueno que hemos recibido, e ir mejorando aquello que no acaba de funcionar.
Y si me preguntas de dónde hemos aprendido lo más importante, te diré que de Jesusito, hija mía, al que tú ya rezas todas las noches. Jesús nos enseñó que cada persona está hecha a imagen de Dios. Y eso quiere decir que cada vida es sagrada, y que cada persona es digna, solo por existir. Y precisamente por eso, hay que proteger la vida siempre, desde el principio hasta el final, da igual lo débil, pequeña o dependiente que sea. Y por eso también hay que cuidar al de al lado, porque su vida es tan sagrada como la tuya: a eso lo llamamos caridad, e implica tratar a los demás con amor y respeto.
Y de esa misma idea cristiana se desprende algo precioso: que cada vida es única, irrepetible, especial. Vas a encontrarte con gente que te quiera convencer de que lo que importa de ti es el grupo al que perteneces (que eres una chica, o que eres privilegiada, o lo que sea), y que con eso ya se sabe si eres buena o mala. No los escuches. Tú vales por lo que eres tú, hija, por tu carácter, tu corazón, tu capacidad y tus decisiones, no por la etiqueta que te quieran poner.
Y como eres única, libre y responsable, tienes el poder de decidir tu vida. Es verdad que hay cosas que te van a influir desde fuera, y sería tonto negarlo. Pero no eres, ni vas a ser nunca, una víctima de esas circunstancias. Tienes la capacidad de diseñar tu futuro, de trabajar para moldear tu vida, más allá de lo que te venga de fuera. Fíjate en, por ejemplo, un examen: si tú estudias en casa, te esfuerzas y sacas buena nota, esa nota es tuya, te la has ganado. Si una compañera de tu clase no estudia nunca y suspende, no se merece aprobar, por mucho que luego se queje. A eso lo llamamos mérito: que cada uno recoja lo que ha hecho, ni más ni menos. Y en ese esfuerzo, en ese intentarlo, está lo mejor de vivir.
Y de igual manera que en el colegio, pasa de mayor, en el trabajo. Si te esfuerzas en hacer algo que a otras personas les sirve o les gusta (un trabajo, un invento, algo que sepas hacer bien) y por eso te pagan, esa ganancia te la mereces igual que la nota del examen. A eso, en grande, lo llamamos libertad de empresa: que cada uno pueda ofrecer a los demás lo que sabe hacer, sin que le pongan trabas absurdas, y que si lo hace bien y ayuda a la gente, le vaya bien por ello, sin que nadie se lo pueda quitar.
Ahora bien, hija, no vivimos solos: vivimos con mucha más gente, y hay cosas que nos afectan a todos juntos. De esas cosas comunes se encarga el Gobierno, y para eso tiene cierto poder: poner normas y cuidar de que todos podamos vivir juntos en paz. Eso está bien, y es necesario. Pero hay que desconfiar de que el Gobierno se quede con demasiado poder, porque entonces empieza a mandar en todo, incluso en cosas que sólo a ti te toca decidir, hija, bajo tu libertad y responsabilidad. Y por eso creo en un Estado limitado: que haga bien lo suyo, y nos deje a nosotros hacer lo nuestro.
A todo esto que te he explicado, hoy en día lo llaman «ser de derechas», o «ser conservador», o «ser liberal». En el fondo, son etiquetas tontas, así que no te preocupes por ellas. Tú, querida hija, sólo piensa en ser buena, en ser responsable, en esforzarte mucho y en ayudar a los demás, y pide que nadie te moleste, en especial los que mandan.