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El ojo inquietoGonzalo Figar

No es la corrupción, son las ideas

Y de ahí se sigue que, si eres el bueno y tu causa es noble, el poder te pertenece. No como responsabilidad, sino como derecho. No tienes que dar cuentas a nadie porque estás por encima del bien y del mal. El Estado no es de todos: es tuyo, porque tú sabes lo que es mejor para todos

Que el sanchismo es corrupto ya queda fuera de toda duda, aunque sólo sea por acumulación de escándalos: de Zapatero a Begoña y al hermanísimo; de Ábalos a Koldo y Cerdán; de Leire Díaz al Tito Berni y Pardo de Vera.

Esa corrupción merece todas las consecuencias políticas y judiciales. Es más, probablemente sea la vía más efectiva para echarles, pues los escándalos cabrean a los ciudadanos mucho más que cualquier argumento. Pero corremos un riesgo serio: que nos quedemos sólo en eso. Que ganemos la batalla de la corrupción y perdamos la guerra de las ideas.

La corrupción es una debilidad humana que ha existido en gobiernos de todos los signos, en todos los países y en todas las épocas. Y si toda la estrategia para deshacerse de esta gente se construye sobre ella, estamos librando una batalla puramente coyuntural. No estamos impugnando el proyecto político del sanchismo; estamos impugnando únicamente la conducta personal de quienes lo componen. Y eso es un riesgo grave, porque cuando se vayan estos, el proyecto seguirá ahí.

Hagamos un experimento mental. Imaginemos que Ábalos es un hombre íntegro. Que Begoña Gómez es una primera dama exquisita. Que ZP es un expresidente sensato. ¿Sería éste un buen gobierno? ¿Sería el sanchismo un modelo aceptable?

No. Seguiría siendo un desastre, un gobierno al que deberíamos echar con la misma urgencia.

Seguiría siendo un gobierno que ha pactado con todo aquel que odia a España: independentistas, comunistas, herederos del terrorismo, con cualquiera con tal de dormir en La Moncloa.

Seguiría siendo un gobierno que ha fomentado deliberadamente el enfrentamiento entre españoles: ricos contra pobres, trabajadores contra empresarios, derecha contra izquierda, convirtiendo la confrontación en el clima permanente de la vida pública.

Seguiría siendo un gobierno que ha colonizado cada resorte del Estado en su propio beneficio: el Constitucional, la Fiscalía, el CIS, las empresas públicas, los organismos reguladores… todo al servicio del partido y no del ciudadano.

Seguiría siendo un gobierno que ha normalizado la mentira como forma de hacer política: prometió no pactar con Bildu, juró que la amnistía era inconstitucional, inventó comisiones de expertos durante la pandemia... Mintió, siguió mintiendo y seguirá, porque para ellos mentir es legítimo.

Seguiría siendo un gobierno inepto, incapaz de gestionar nada de lo público: los trenes no funcionan, la dan dejó cientos de muertos, el apagón paralizó España, los fondos europeos se desperdician, la deuda pública no para de crecer.

Seguiría siendo un gobierno que ha reventado la economía a base de impuestos, regulaciones e intervenciones, maquillando el desastre con cifras manipuladas mientras los salarios netos reales no crecen y los jóvenes no pueden pagar un alquiler.

Y seguiría siendo un gobierno que ha impuesto una agenda ideológica destructiva: la ley trans que niega la biología por decreto, el solo sí es sí que excarceló violadores, una memoria histórica diseñada para abrir heridas, y una regularización masiva de inmigrantes que no se sostiene por ningún ángulo.

Todo eso, sin un solo escándalo de corrupción, seguiría siendo intolerable. El problema no es sólo que estos personajes sean corruptos; son las ideas que traen consigo. Y contra esas ideas hay que luchar, porque si no las derrotamos, volverán. Con otra cara más amable, con otro aire más íntegro, pero con el mismo fondo y con la misma capacidad para hacernos menos libres, menos prósperos y menos unidos.

Y digo más: aunque sólo nos importe acabar con la corrupción, debemos combatir las ideas primero. Porque las ideas, los principios que sostienen el sanchismo hacen la corrupción más fácil, más tolerable y más sistémica.

Me explico. Todo parte de esa superioridad moral que siente la izquierda. La izquierda actual cree a fe ciega que ellos son los buenos y los demás los malos, hagan lo que hagan. Y cuando te instalas en esa convicción, los frenos internos desaparecen. Puedes hacer lo que sea, mentir, robar, manipular, dividir, porque eres el bueno y el otro es el mal. Siempre hay una justificación, siempre hay un «facha» al fondo que lo legitima todo.

Y, además, esta izquierda no sólo cree que ellos son los buenos por definición, sino que las causas que defienden son las más nobles y elevadas. Ellos, dicen, defienden la «justicia social», la «igualdad», la «diversidad» etc. Todas cosas grandilocuentes y bien sonantes que parecen lo suficientemente buenas como para justificar cualquier cosa. Sus causas son tan pretendidamente nobles que todo cabe, todo es válido para lograrlas. La intención lo redime todo, aunque luego esa utopía nunca llega. Siempre ha sido así con la izquierda: un fin supuestamente noble, que nunca se materializa, y que justifica cualquier medio.

Y de ahí se sigue que, si eres el bueno y tu causa es noble, el poder te pertenece. No como responsabilidad sino como derecho. No tienes que dar cuentas a nadie porque estás por encima del bien y del mal. El Estado no es de todos: es tuyo, porque tú sabes lo que es mejor para todos. Pasar de esta convicción a usar tu puesto en tu beneficio personal es casi inevitable. Es lo que ocurre cuando el poder deja de sentirse como una responsabilidad y empieza a sentirse como una recompensa.

La corrupción del sanchismo es escandalosa y hay que perseguirla, pero es el síntoma, no la enfermedad. La enfermedad son las ideas. Y mientras no las combatamos, estaremos siempre a merced del próximo Sánchez que aparezca con mejor imagen y los mismos principios destructivos.

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