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El ojo inquietoGonzalo Figar

Pedro Sánchez y la era de la «TikTokcracia»

Más allá de la obvia táctica de hacerse el cool ante los jóvenes, lo que esos vídeos revelan es una concepción sanchista de la política como pura representación teatral. Sánchez no trata la política como gestión ni como servicio al interés general. La trata como actuación

Pedro Sánchez anda como quinceañero adicto a las redes sociales. Supongo que han visto la última escenita: el presidente del Gobierno de España, en su despacho de La Moncloa, enciende un palito de incienso, coge una botella de cristal y, con voz cargada de estudiada pena, te cuenta que ese objeto se lo regaló un niño de Gaza. Pausa dramática. Mirada a cámara. «Para que no nos olvidemos del sufrimiento». Corte. Fin del vídeo. Treinta segundos.

Eso es lo que Sánchez lleva ya tiempo publicando en TikTok. Visitas guiadas por La Moncloa, primeros planos de su mesa de trabajo, partidas de ajedrez en un bar, hasta vídeos sobre empleo con camiseta de España puesta… La reacción instintiva, lógica y natural es reírse, o indignarse, o las dos cosas a la vez. Pero quedarse ahí es un error. Porque Sánchez no es tonto; es un animal político y todo lo que hace lo tiene estudiado.

La Generación Z, por primera vez en décadas, se está moviendo hacia posiciones más conservadoras. En España, Vox está captando votantes jóvenes que hace diez años habrían ido a Podemos o directamente no habrían votado. Y la respuesta de nuestro venerable líder no es cambiar nada de fondo (ni las políticas, ni la gestión, ni los pactos). Su respuesta es intentar colonizar el canal donde esos jóvenes están, e intentar hablar su idioma: vídeos cortos, emocionales, sin argumentación.

El animal político no optimiza para la elegancia; optimiza para la supervivencia. Si de cada cien jóvenes que ven el vídeo, diez se quedan con una impresión vagamente positiva, el vídeo ha funcionado. Lo más inquietante es que probablemente no está equivocado…

Más allá de la obvia táctica de hacerse el cool ante los jóvenes, lo que esos vídeos revelan es una concepción sanchista de la política como pura representación teatral. Sánchez no trata la política como gestión ni como servicio al interés general. La trata como actuación. La Moncloa convertida en plató, el despacho en escenario, cada gesto (la camiseta de la Selección, el incienso, la figura del Quijote…) colocado con precisión de director de escena. No hay improvisación; hay guion, iluminación y recursos públicos al servicio de esa puesta en escena.

Ese tono meloso, con pausas dramáticas y un deje de falso dolor, multiplica la impostura. Al hablar de la botella de Gaza la voz se carga de emoción fingida, el ritmo se ralentiza, las entonaciones se vuelven teatrales. Parece un actor interpretando el papel de presidente sensible y comprometido

Y cuando todo está tan coreografiado, lo que debería transmitir autenticidad produce exactamente el efecto contrario; eso que los jóvenes de TikTok a los que él quiere atraer llaman cringe.

Ese melodrama resultaría casi tolerable si no chocara de frente con la trayectoria real. El mismo hombre que hoy pone voz temblorosa por el sufrimiento de los palestinos es el que ha pactado sin el menor reparo con los herederos políticos de ETA. El que negoció con Podemos después de haber jurado públicamente que «ni él ni media España dormiría tranquila» si gobernaban juntos. El que ha demostrado estar dispuesto a aliarse con quien sea con tal de sumar un día más en el poder. Ya no es solo que se note la falsedad, es que la falsedad alcanza cotas de un cinismo poco visto antes, ni siquiera en política.

Y detrás de toda esa teatralidad se esconde la nada. El vacío. Sus TikToks, como su famoso «No a la guerra», no dicen nada. No hay detrás una política exterior coherente, ni una estrategia real, ni costes asumidos. Solo palabras e imágenes para consumir rápido y sentir algo. «No a la guerra» suena bien, genera empatía inmediata y no compromete a nada, igual que sus TikToks. Es una frase para emocionar, no para gobernar. Eso es lo que Sánchez cree que es la política: no convencer con argumentos, no construir proyecto sino retener fieles con sensaciones. Estamos en la era de la TikTokcracia.

Y esta era es la concepción que tiene hoy toda la izquierda de lo que es la política. Ya no se debate con datos ni con propuestas contrastables. Se debate con identidad, con pertenencia, con emotividad, con señalamiento moral. La misma izquierda que durante décadas reivindicó el pensamiento crítico aplaude hoy, feliz, a su líder haciendo política de influencer adolescente. El argumento ha muerto. Solo queda el sentimiento. O ¡muera la razón! ¡Viva la emoción!

Lo peor es que funciona. Una parte del electorado consume esa vacuidad sin exigir más. Se conforma con el gesto y nunca va más allá. Sánchez no ha inventado esa debilidad, que es inherente a la democracia, pero sí la ha encontrado y la explota con frialdad. La pregunta incómoda no es solo qué dice de él; es qué dice de nosotros, qué dice de una sociedad.

Con la camiseta de España, el incienso y la botellita de Gaza, Sánchez ha adaptado el formato chavista de «Aló Presidente» a los nuevos tiempos. Ya no hay que estar cinco horas de máxima audiencia en televisión; hay que estar 30 segundos en redes sociales. Y no se quedará ahí. Denle tiempo, pero yo aventuro que en breve nuestro Pedrito aparecerá con un bebé en brazos, al más puro estilo Stalin.

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