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AnálisisAlejandro MacKinlay
Capitán de navío (R)

Ormuz primero: el error de abrir un frente sin asegurar el paso que decide el coste de la guerra

Resulta difícil entender que Washington rompiera las hostilidades sin explotar la ventaja de la sorpresa para inmediatamente impedir, o reducir, la capacidad del régimen iraní de bloquear una vía vital para la navegación mundial

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Código:
6817810
Fecha:
23/06/2025
Dimensiones:
3000 x 1673 (1,68 MB.)
Lugar:
Oriente Próximo
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1
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Mapa de localización del estrecho de Ormuz y los países que lo rodean en el golfo Pérsico

Mapa de localización del estrecho de Ormuz y los países que lo rodean en el golfo PérsicoEuropa Press

Si Irán tenía una herramienta capaz de transformar una guerra en una crisis política global, esa herramienta era y sigue siendo el estrecho de Ormuz. Por eso cuesta entender que los Estados Unidos iniciaran las operaciones militares contra Teherán sin colocar en el centro del planeamiento de la campaña, desde antes del momento cero, la libertad de navegación a través de ese paso.

En la guerra manda la economía política: Antes de llevar a un país a la guerra, un gobernante debería hacerse la pregunta: ¿qué puede hacer el adversario para influir en la determinación propia para proseguir la campaña? Es decir, identificar el «centro de gravedad» del contrario: aquello en lo que se sostiene su voluntad de proseguir las hostilidades. En el caso de Israel sería la estructura de mando del régimen iraní, ya que su continuidad representa una amenaza vital para el Estado de Israel. Irán, en cambio, necesita que el conflicto se traduzca en desgaste político dentro de Estados Unidos, como sucedió —con matices y diferencias— en guerras prolongadas del pasado, desde Vietnam a Afganistán.

Aquí aparece Ormuz, el estrecho no es solo la geografía favoreciendo a Irán: es un multiplicador de su capacidad de presión. Si Teherán logra con amenazas limitar el tráfico marítimo, el efecto se propaga a los precios de la energía, a la inflación y, en última instancia, a la paciencia de los votantes americanos. Por ello resulta difícil entender que Washington rompiera las hostilidades sin explotar la ventaja de la sorpresa para inmediatamente impedir, o reducir, la capacidad del régimen iraní de bloquear una vía vital para la navegación mundial, no fue hasta el 10 de marzo que empezaron los ataques a las fuerzas iraníes en la zona.

El estrecho como arma, presión sin necesidad de grandes batallas: Washington conocía cumplidamente que la posibilidad de cierre de Ormuz era un riesgo plausible. Lo cuestionable es que se asumiera como un problema «gestionable», cuando su impacto ha sido fulminante, en buena medida «no cinético» (basta con elevar la percepción de amenaza) y además sistémico para la economía global. Para Irán, mantener la capacidad de intimidar el tráfico marítimo es un recurso esencial: puede encarecer la energía y convertir el conflicto en un debate doméstico sobre inflación y coste de la vida, en Estados Unidos y en otras muchas naciones.

De ahí la idea central: mientras Teherán conserve esa baza, mantendrá la iniciativa política. Una vez la pierda, el mercado tenderá a estabilizarse y la capacidad de presión del régimen iraní se minimizará o se reducirá. Por eso sorprende que la campaña no arrancara con un esfuerzo inequívoco para asegurar el entorno del estrecho. Tras la primera oleada destinada a suprimir defensas aéreas, parecía lógico encadenar acciones para controlar de inmediato el paso en profundidad: neutralizando los sistemas de lanzamiento de misiles y drones en el área, destruyendo las fuerzas navales iraníes, sobre todo sus capacidades de minado y manteniendo la iniciativa con apoyo aéreo y naval sostenido.

Prioridades cruzadas y una secuencia discutible

Es comprensible que Israel priorizara golpear la cúpula del régimen y que Estados Unidos se enfocara en capacidades estratégicas como el programa nuclear y los misiles. Pero una campaña no se evalúa solo por lo que destruye, sino por lo que evita. Si el objetivo era sostener la operación sin que el «shock» energético se volviera inmanejable, la secuencia resulta discutible: Ormuz debía ser el primer capítulo, no un apéndice. Y si no lo fue, la explicación más verosímil es sencilla: faltaron medios —o voluntad— para comprometer desde el inicio las fuerzas necesarias en el teatro, o bien sobró precipitación a la hora de evaluar las consecuencias del ataque inicial tal como se lanzó.

Qué exige salvaguardar Ormuz (y por qué no basta con bombardear): Asegurar Ormuz no es una cuestión de declaraciones: requiere una operación aeronaval con capacidad de vigilar, escoltar, neutralizar y, si hiciera falta, ocupar con una fuerza anfibia puntos clave. En la ribera sur no era necesario, la península de Musandam se reparte entre Emiratos Árabes Unidos y Omán. Mientras que la costa en el norte y este pertenecen a Irán, lo que obliga a neutralizar amenazas en ese litoral y en profundidad. En esa lógica, era esencial desactivar cuanto antes las capacidades navales iraníes; cualquier demora concedía tiempo para acciones contra el tráfico marítimo, especialmente para el minado, cuya sola posibilidad dispara el riesgo, obligando a un desminado lento y costoso, haya o no minas.

A ello se suma la dimensión territorial. Las islas que dominan los accesos Lark, Qeshm y Hengam; además de Tunb Mayor y Menor, Abu Musa y Siri, en el oeste, son plataformas naturales para vigilancia y el empleo de misiles y drones. Sin fuerzas de desembarco disponibles desde el principio, la capacidad de negar o controlar esos puntos se reduce enormemente. Y si esos enclaves no se neutralizan, la promesa de «libertad de navegación» queda a merced de una amenaza persistente.

Conclusión

En guerras de alta tecnología se habla mucho de precisión, de supremacía aérea y de ciber. Pero en esta guerra, la política —y la factura— se van a decidir en un «choke point», cuello de botella. Si Ormuz es la clave del precio de la energía, entonces es también la llave de la voluntad de resistir, en ambos sentidos. No haberlo asegurado al inicio de las operaciones equivale a haber regalado al régimen iraní el instrumento más eficaz para prolongar el conflicto donde más duele: en el bolsillo del ciudadano y en el calendario electoral americano. Un instrumento que Teherán continúa utilizando ahora que hay un alto el fuego y que veremos como exprime durante las próximas negociaciones.

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