Ormuz no se reabre con comunicados
Ormuz no ha sido una sorpresa. Ormuz es el examen final. Y precisamente por eso no podía abordarse el día uno con infantilismo estratégico
Una embarcación se acerca al buque portacontenedores Marsa Victory, con bandera de San Cristóbal y Nieves, mientras navegaba por las aguas del estrecho de Ormuz
Mientras los editorialistas de Le Monde, El País y Die Welt se pavonean con sus análisis de café sobre cómo «Trump se ha metido en un atolladero», la realidad militar y estratégica avanza a toda máquina en el Golfo. Llevamos semanas leyendo análisis que sugieren que a Washington la guerra le está yendo fatal, que el Pentágono habría sido sorprendido por el intento iraní de cerrar el estrecho de Ormuz y que ahora estaría improvisando una respuesta.
La tesis no deja de ser irrisoria. Exige imaginar que los planificadores militares de la primera potencia del mundo lanzaron una campaña contra Irán sin contemplar la posibilidad de que el régimen activara precisamente el arma estratégica con la que lleva décadas amenazando: el estrangulamiento de Ormuz.
De hecho, los americanos ya tuvieron que reabrir el estrecho la primera vez que los ayatolás intentaron bloquearlo en el 1987. Hay que creer, en suma, que el Pentágono sabía dónde estaban las centrifugadoras, los hangares, las bases de drones y los depósitos de munición, pero olvidó que Teherán podía apretar el cuello de botella por el que pasa alrededor de una quinta parte de la energía que nutre al mundo.
La realidad es otra. Ormuz no ha sido una sorpresa. Ormuz es el examen final. Y precisamente por eso no podía abordarse el día uno con infantilismo estratégico: mandar cuatro barcos, hacerse una foto y declarar restablecido el derecho internacional por el poder terapéutico de una nota conjunta. Para reabrir Ormuz, había antes que hacer el trabajo ingrato: destruir la capacidad iraní de volver a cerrarlo al día siguiente.
Primero el cielo, luego la costa
La secuencia de estas primeras semanas responde exactamente a esa lógica. Antes de pensar en convoyes, antes de escoltar petroleros y antes incluso de convencer al mercado de que la ruta puede volver a ser navegable, Estados Unidos e Israel tenían que rebajar drásticamente la capacidad militar iraní.
Primero, lograr supremacía aérea. Segundo, desmantelar el inventario y la capacidad industrial del régimen en misiles y drones. Tercero, dejar a la marina iraní reducida a una amenaza fragmentaria y no a una fuerza capaz de convertir el Golfo en una trampa.
El régimen incluso llegó a amenazar con imponer un canon para permitir el tráfico a través del estrecho
Eso es lo que se ha estado haciendo. Un Irán nuclear destrozaría todos los equilibrios de la región y los ayatolás estaban realmente cerca de lograrlo y aún más cerca de tener los misiles con suficiente rango para dejar sus bombas caer a más de 4.000 kilómetros. El régimen incluso llegó a amenazar con imponer un canon para permitir el tráfico a través del estrecho.
Cualquier operación de neutralizar esta amenaza exige neutralizar radares, baterías costeras, lanzamisiles móviles, depósitos de minas, lanchas rápidas y la cadena logística que sostiene la guerra asimétrica iraní. Un convoy sin ese trabajo previo no es una solución: es una invitación al desastre, con marineros muertos, petroleros ardiendo y primas de seguro disparadas.
Por eso la introducción de plataformas como los A-10 y los Apache no es un detalle para aficionados. Es una señal de cambio de fase. Cuando aparecen aparatos más lentos y especializados en la caza de blancos terrestres, patrullaje agresivo y destrucción de amenazas costeras, suele significar que el espacio aéreo ya ha sido suficientemente limpiado como para meter bisturí donde antes solo cabía el martillo. Primero se despeja el cielo; después se pasa la escoba por la costa. Mientras, Israel se sigue dedicando a su deporte favorito: cazar a los líderes iraníes uno a uno.
Europa: preocupación, matices y gasolina barata
Europa vuelve a interpretar su papel favorito: el del gorrón geopolítico con pretensiones morales. El continente que se pasa media vida hablando de autonomía estratégica reacciona como siempre que aparece un problema de verdad: con comunicados solemnes, ceño humanitario y la esperanza íntima de que al final aparezca el contribuyente americano a resolver la papeleta.
Estados Unidos pone los satélites, la inteligencia, los portaaviones y la munición de precisión. Europa aporta preocupación y una apelación urgente a la desescalada. Lo irónico es que los mismos gobiernos que se niegan a implicarse militarmente en la reapertura del estrecho son los primeros en alarmarse por el precio del petróleo, y sus economías las más dependientes del crudo y el gas que salen por el.
Trump, con sus modales de payaso, ha señalado una verdad: Estados Unidos ya no depende del Golfo como dependían antiguas generaciones. Pero el mercado energético es mundial, y por tanto el precio también. Si Ormuz se atasca, no hace falta que Texas se quede sin petróleo para que suba el coste de la vida en Ohio o Pensilvania. Y en un año electoral, la geopolítica termina pasando por la nevera. Trump puede sostener una campaña corta, intensa y victoriosa. Lo que no puede vender fácilmente es una guerra larga que convierta cada repostaje en un referéndum contra su presidencia.
De ahí su presión sobre los gobiernos europeos, Japón, Corea del Sur y otros grandes consumidores asiáticos. Y, en el fondo, tiene razón. Japón obtiene alrededor del 90 % de su petróleo por esa ruta. Corea del Sur depende de ella de forma masiva. China puede presumir de reservas estratégicas, pero tampoco puede permitirse que Ormuz permanezca bloqueado demasiado tiempo sin pagar un precio enorme. Si la disrupción se prolonga, Pekín acabará apretando al régimen iraní. No por amor a Occidente, sino por supervivencia.
España: superioridad moral irrelevante
Y luego está España, que en este teatro de lo grotesco ha decidido volver a hacer de España. El Gobierno de Pedro Sánchez ha optado por la postura más característica del sanchismo exterior: superioridad moral de saldo, hostilidad selectiva hacia Washington y Jerusalén, y dependencia estructural de que otros hagan el trabajo sucio.
Madrid descarta participar en operaciones militares para garantizar la libertad de navegación en Ormuz porque considera la guerra ilegítima. Muy bien. Hasta aquí, al menos, hay una posición. Ni que decir tiene que es una posición que tendrá efectos negativos para España durante mucho tiempo.
Sánchez ha construido una política exterior basada en la estética del enfrentamiento. Dada su absoluta irrelevancia en la toma de decisiones a nivel europeo o de la OTAN, siempre encuentra la manera de sacar un titular adoptando siempre la posición más antiamericana posible. Pretende cubrirse de un manto virtuoso de moralidad, aunque sea el menos responsable y el más contrario a los intereses de su país.
Frente a Irán, su Gobierno actúa como si el problema principal no fuese una dictadura teocrática que amenaza el comercio mundial, mina el Golfo, mata a su propia gente y utiliza el petróleo como arma, sino el mal gusto de que Estados Unidos lo impida con contundencia. Para el sanchismo, el pecado no es el chantaje; es la respuesta al chantaje.
Lo más notable es la mezcla de antiamericanismo reflejo y comodidad atlántica. España disfruta de las garantías de seguridad y de la estabilidad general del sistema que lidera Estados Unidos, pero cuando llega la hora de defender en serio una vía marítima crítica, se refugia en el sermón. Es una forma de parasitismo: comer bajo el paraguas y luego criticar al que lo sostiene. Por lo menos el resto de Europa, que también fue contraria a la guerra, a decidido ayudar.
El botón de Ormuz cambia la guerra
Aquí viene el nudo gordiano para Trump. Una vez que los mulás apretaron el botón de Ormuz, Trump dejó de tener libertad para parar a medias. Puede modular la intensidad y puede intentar repartir la carga, pero no puede permitirse una salida en falso que deje intacta la amenaza iraní sobre el estrecho. Si lo hiciera, el mensaje al mundo sería devastador: cerrar el comercio global funciona, encarecer la energía funciona y obligar a Washington a buscar una mala tregua funciona.
Ese precedente lo entendería Teherán, por supuesto, pero también Pekín, Moscú y cualquier actor regional con tentaciones expansionistas. La lección sería sencilla: basta con capturar un cuello de botella, elevar el dolor económico y esperar a que Occidente pida una pausa humanitaria.
La reapertura de Ormuz no será un titular, sino un proceso. Primero, seguir triturando la base industrial de misiles y drones. Segundo, localizar y eliminar lanchas rápidas y depósitos de minas. Tercero, rebajar al máximo la amenaza de baterías costeras y lanzadores móviles. Cuarto, construir una arquitectura de convoyes, escoltas, cobertura aérea, guerra de minas, inteligencia persistente y seguro marítimo suficiente para que los buques vuelvan a navegar.
Cuatro o seis semanas, no un año
Mi impresión es que Trump dispone de una ventana muy estrecha: entre cuatro y seis semanas para convertir la superioridad militar en una reapertura de Ormuz y en una narrativa de victoria. Más allá de ese plazo, el conflicto se le puede torcer. Dejaría de ser una campaña punitiva con objetivos concretos y empezaría a oler a atasco, inflación, desgaste y guerra sin un final claro. Y las guerras sin final claro tienen la mala costumbre de devorar presidencias.
Ahí está la diferencia entre la lógica militar y la lógica electoral. Militarmente, Estados Unidos puede permitirse seguir castigando a Irán bastante más tiempo. Políticamente, Trump no. El votante americano tolera el uso de la fuerza. Acepta una operación dura si parece corta y eficaz. Pero se rebela cuando el precio de la gasolina sube demasiado tiempo, y el conflicto empieza a parecerse a una de las guerras interminables (Irak, Afganistán, etc.). Y los demócratas, que ya están afilando sus cuchillos, también lo saben.