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Ignacio Foncillas
AnálisisIgnacio FoncillasMiami (Florida)

Ormuz: los marines no viajan para hacer guardias

El despliegue estadounidense frente a Irán sugiere que Washington no descarta lo impensable: tocar las islas que estrangulan el estrecho, apretar Kharg o, como mínimo, hacer creíble esa amenaza. El problema de Trump no es militar. Es político

Marines de Estados Unidos durante unas maniobras en el mar Caribe

Marines de Estados Unidos durante unas maniobras en el mar CaribeU.S. Marines

Llevamos semanas escuchando a todos los medios (generalmente zurdos) de media Europa explicarnos, con esa suficiencia de funcionario que nunca ha olido queroseno, que Washington jamás contemplaría operaciones sobre las islas que dominan Ormuz o sobre Kharg, el gran pulmón petrolero del régimen. Como si el Pentágono estuviera sorprendidísimo de que Teherán podía intentar cerrar el estrecho. La hipótesis es tan boba que casi da ternura.

La realidad es otra. Cuando una Administración acerca grupos anfibios, añade miles de marines y soldados, mueve paracaidistas y acumula «opcionalidad» militar en torno al Golfo, no lo hace para montar guardias en una gasolinera de Kuwait. Lo hace para que el adversario crea que la escalera de escalada existe de verdad. Y en esa escalera caben cosas muy concretas: asegurar convoyes, neutralizar amenazas desde la costa iraní, ocupar temporalmente islas clave o incluso tomar Kharg si la Casa Blanca concluye que controlarla vale más que destruirla.

Los marines no van de turismo

El error del análisis europeo es confundir la prudencia política con una ausencia de planificación militar. Efectivamente, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, insiste en que Washington cree poder lograr sus objetivos sin una invasión terrestre de gran escala. Eso solo significa que la preferencia oficial sigue siendo evitar otra Irak. No significa que el mando militar no tenga sobre la mesa opciones limitadas con botas en el suelo. Cuando la propia Casa Blanca habla de «contingencias» y empiezan a filtrarse escenarios sobre la costa iraní, Kharg o el aseguramiento de material nuclear, lo que tenemos delante no es un farol. Es coerción clásica: que el otro vea la pistola y dude de si esta vez sí hay balas.

Además, el orden de la campaña encaja con esa lógica. Antes de pensar en reabrir Ormuz había que hacer tres cosas: degradar la defensa aérea iraní, triturar la capacidad misilística y de drones del régimen –no solo el stock, también talleres y cadena industrial– y dejar a su Marina convertida en chatarra flotante. Sin eso, escoltar petroleros habría sido como abrir una autopista bajo una lluvia de morteros. Con lo logrado hasta ahora, la ecuación cambia: Irán puede seguir molestando, pero cada día tiene menos dientes.

Kharg: el corazón económico del régimen

Kharg no es una extravagancia táctica. Es la gran válvula de salida del petróleo iraní, el punto por el que pasa la inmensa mayoría de sus exportaciones de crudo. Quien controla Kharg no solo presiona sobre Ormuz; aprieta directamente la caja registradora de Teherán. Y en las guerras modernas la guita importa tanto como el radar.

La isla iraní de Kharg, que alberga la principal terminal de exportación de crudo del país

La isla iraní de Kharg, que alberga la principal terminal de exportación de crudo del paísAFP

Destruir la isla sería devastador, y supondría una escalada de difícil contención. Pero ocuparla temporalmente, en cambio, tendría un valor estratégico mucho mayor: rehén operacional, palanca negociadora y recordatorio brutal de que la República Islámica puede seguir recitando consignas de martirio, pero sin ingresos no paga ni milicias ni lealtades ni reconstrucción militar. Y además, los mulás no atacarían, dado que toda su infraestructura petrolera desemboca en Kharg. Por eso la hipótesis de una operación limitada sobre Kharg no es delirante. Es peligrosísima en términos políticos si sale mal, pero militarmente tiene una lógica clara.

Quien controla Kharg no solo presiona sobre Ormuz; aprieta directamente la caja registradora de Teherán

Trump y la trampa de las botas

Ahora bien, que la opción exista no significa que Trump quiera usarla. Ahí está su gran dilema. El presidente entiende mejor que nadie el riesgo político de los féretros con cadáveres. Su coalición tolera bombardeos quirúrgicos, lenguaje testosterónico y operaciones encubiertas. Lo que no tolera bien es otra guerra terrestre con nombre nuevo. Trump fue reelegido, entre otras cosas, porque prometió que la época de mandar chicos americanos a resolver el caos del Gran Oriente Medio había terminado.

Por eso necesita una victoria tipo Hollywood sin el tercer acto de Faluya: una guerra intensa, pero breve; dura, pero no demasiado cara en vidas americanas. Si hay botas, serán pocas, hiperprotegidas y con un objetivo quirúrgico: una isla, una instalación o una ventana temporal muy corta, con cobertura aérea aplastante y retirada prevista desde el minuto uno. Nada parecido a una ocupación clásica.

Pero incluso una operación limitada tiene un problema evidente: el enemigo también vota. Basta con que un misil encuentre un buque, con que un dron se cuele o con que una guarnición quede expuesta unas horas de más para que el efecto político en Washington se vuelva tóxico. Y Trump sabe que el reloj electoral corre más rápido que el militar. A estas alturas, la batalla por Ormuz no se libra solo frente a Irán; también se libra en las encuestas del Medio Oeste. Y para la gran desgracia de Trump, la prensa que tanto odia lleva semanas publicando que esta guerra ya ha sido un fracaso. Con ese caldo de cultivo, la opinión pública puede volverse en contra muy rápido.

La batalla por Ormuz no se libra solo frente a Irán; también se libra en las encuestas del Medio Oeste

Un Irán herido es peor que un Irán derrotado

Y, sin embargo, Israel, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Baréin tienen razón en una cosa esencial: cerrar esta guerra en falso puede ser peor que alargarla unas semanas más. Un Irán simplemente herido, pero con el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria todavía al mando, es una receta para repetir el problema cada doce meses. Si Teherán conserva capacidad de reconstrucción, Moscú y Pekín harán el resto: China pondrá dinero, comercio y tecnología de doble uso; Rusia drones y lecciones aprendidas en Ucrania. Tendríamos otra vez la misma película, solo que con más odio y menos margen de disuasión.

Eso lo saben en Jerusalén y lo saben aún mejor las monarquías del Golfo, que viven literalmente a tiro de dron. Para ellas, la discusión no es filosófica. No deciden si Trump cae simpático, sino cómo evitar un ciclo permanente de rearmamento iraní, sabotaje marítimo y chantaje energético. Por eso empujan a Washington a no detener la campaña cuando ya se ha pagado la parte más cara: la supremacía aérea, un arsenal enemigo degradado y gran parte de la Marina iraní destrozada.

Europa: mucho comunicado, poca quilla

Europa, mientras tanto, ha vuelto a interpretar su papel favorito: el del invitado que opina sobre la cena pero desaparece cuando llega la cuenta. Los británicos hablan de «opciones» para apoyar el tráfico comercial. Francia dice que jamás participará en operaciones para abrir el estrecho mientras sigan las hostilidades, aunque trabaja ya en una fuerza posterior. Alemania estudia ayudar después, con mandato internacional, visto bueno parlamentario, fase lunar propicia y quizá con la bendición de Bruselas. Japón tampoco ha querido comprometer escoltas navales ahora mismo. Es decir: mucho comunicado; poca quilla.

Y aquí el enfado americano, sobre todo con Europa, suena bastante razonable. Cuando Putin invadió Ucrania, Estados Unidos fue el primero en vaciar arsenales, abrir el grifo del dinero y asumir el liderazgo operativo de facto. Europa tardó meses en reaccionar con algo que no fueran ruedas de prensa, moralina y viejos carros de combate rescatados del desguace.

Ahora que el problema es Ormuz –un estrecho del que Estados Unidos depende menos que Asia o Europa–, Washington pide ayuda para asegurar la circulación marítima –que no para la guerra – y la respuesta europea vuelve a ser una versión sofisticada del «ya si eso lo vemos». Entre aliados, eso no sale gratis.

El comunicado de Londres del 19 de marzo reunió a una larga lista de países dispuestos a condenar el cierre de facto del estrecho y reclamar su reapertura. España, cómo no, ni siquiera figuró entre los firmantes. Mientras otros al menos intentan guardar las formas diplomáticas, nuestro Gobierno ha optado por la política exterior del mitin de barrio: todo lo que huela a Trump se rechaza, aunque objetivamente coincida con los intereses energéticos y de seguridad de Europa y de España. Moncloa no despliega estrategia; está haciendo campaña.

La factura llegará a Madrid

Pedro Sánchez parece convencido de que su única posibilidad de supervivencia pasa por seguir movilizando a una izquierda antiamericana, esa que todavía cree que la geopolítica consiste en ponerse una chapita, insultar a Washington y luego esperar a que la Armada de otro garantice que el petróleo llegue. El problema es que el mundo real no funciona así. Las cancillerías europeas ya han tomado nota. Ya ni siguiera le citan para las reuniones. El Pentágono también toma nota. Y Trump, sobre todo, ha tomado nota. Cuando Washington decida premiar a los socios fiables en materia tecnológica, energética o industrial, convendría no sorprenderse si Madrid descubre que su silla esta en otra sala. Y quizás sea el fin de Rota y de Morón.

La mejor opción para Trump sigue siendo no tener que invadir nada. Si en las próximas semanas logra reducir aún más la capacidad costera iraní y convertir la amenaza anfibia en algo suficientemente remoto, quizá baste para que los países más dependientes del crudo del Golfo –los asiáticos, sobre todo– acepten por fin que proteger Ormuz también es asunto suyo. Pero si eso no basta y Washington concluye que la única manera de abrir de verdad el estrecho es tocar tierra, no será porque el Pentágono haya improvisado. Será porque, después de semanas de preparación, habrá decidido que el coste de no hacerlo es todavía mayor.

Y entonces Europa descubrirá, una vez más, que la historia no la escriben los que tuitean su angustia moral desde Berlín o La Moncloa, sino los que llegan al estrecho con barcos, marines y voluntad de usar ambos. Ese día Sánchez volverá a presentarse como campeón de la paz universal. Pero la verdad será bastante menos noble: no habrá sido pacifismo, sino postureo con megáfono.

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