Fundado en 1910
El ojo inquietoGonzalo Figar

Ceuta y la empatía suicida

La compasión, si bien es una virtud - probablemente una de las más elevadas- como toda virtud puede corromperse. Y se corrompe cuando se desconecta de la verdad, de la reciprocidad y de las consecuencias

Ceuta ha sido invadida por ochenta mil marroquíes y la respuesta coral del Gobierno, de los comentaristas palmeros y, en general, de toda la izquierda ha sido apelar a la compasión. Nos dicen que allí hay gente exhausta que ha cruzado a nado jugándose la vida. Que huyen del hambre y de la miseria. Que hay que mirarlos uno a uno y ver personas, no cifras. Que hablar de invasión es negarles su humanidad. Que hay que mirarlos con entendimiento y con amor, porque sufren.

La compasión es, por supuesto, un sentimiento noble y loable. Ahora bien, esta compasión que nos venden desde los estudios de TV de Madrid no deja de sorprenderme por lo sesgada que es.

Porque en Ceuta viven ochenta y tres mil españoles y para ellos no ha habido ni una gota de esa ternura. Ni para los que han visto su ciudad invadida, ni para los que han echado el cierre a sus comercios, ni para los que no pueden pasear tranquilos, ni para los que tienen que ser acompañados del supermercado a sus casas, ni para los que tienen miedo de que sus hijas salgan a la calle. Para esta gente no hay compasión, no hay comprensión; es más, si acaso los palmeros del Gobierno intentan desacreditar y hacer de menos sus testimonios. Y, claro está, para aquellos que alzamos la voz en defensa de los ceutíes tampoco hay compasión ni comprensión, sino deshumanización: somos fachas, racistas, desalmados.

Este sesgo perpetuo a la hora de repartir compasión, muy propio de la izquierda posmoderna, tiene un nombre. El pensador Gad Saad lo llama «empatía suicida», y le ha dedicado un libro entero. Su tesis es que la compasión, si bien es una virtud —probablemente una de las más elevadas—, como toda virtud puede corromperse. Y se corrompe cuando se desconecta de la verdad, de la reciprocidad y de las consecuencias. Entonces se convierte en una compasión basada en la mentira, que nos lleva a tolerar cosas que van directamente contra nuestra dignidad, nuestra justicia, nuestros valores y hasta nuestra supervivencia.

La empatía suicida empieza por invertir los roles de los actores involucrados en cualquier problema social o político: los agresores, en este caso invasores, son las víctimas reales que merecen comprensión infinita, mientras que el que sufre las consecuencias de los actos de otros merece un sermón sobre sus prejuicios. El agresor se convierte en objeto de preocupación pública y el agredido en un daño colateral sin importancia.

Para poder invertir este orden, la empatía suicida tiende a rechazar los datos, las cifras; la realidad, vaya. Cuando un dato contradice la narrativa de la compasión, el dato se declara moralmente sospechoso. Da igual cuántos ceutíes den testimonio de lo que están sufriendo, da igual cuántas agresiones sexuales lleve ya contabilizadas la Fiscalía, da igual cuántas imágenes veamos; la realidad no puede ser tomada en cuenta si les impide a ellos presentarse como los buenos de la película.

Porque, además, todos esos «detalles» molestos tienen siempre otro culpable. El que agrede, invade o choca con nuestras costumbres o valores nunca es responsable de lo que hace: lo es la pobreza, el sistema, el colonialismo, la exclusión, el desarraigo o lo que haga falta. La izquierda trata a estas personas a las que dice defender como niños sin voluntad propia ni capacidad de acción... y como piezas que deben ser aprovechadas para que ellos puedan actuar de salvadores.

La empatía suicida, que lleva a la izquierda a tolerar de unos lo que jamás toleraría de otros, nace de una manera muy específica de pensar. Nace de esa superioridad moral que se compra sin pagar. Proclamarse compasivo no cuesta nada: ni sacrificio, ni resultados, ni mancharse los zapatos de barro un solo día. Basta con decirlo en voz alta y delante de gente que aplauda. Y una vez te has autocolgado la medalla y ya te crees bueno, da igual lo que les pase a los ceutíes y da igual, en el fondo, lo que les pase a los que llegaron. Lo importante es sentirse bien con uno mismo, pero sin tener que haber hecho mucho.

Y nace, también, de esa deformación crónica de la izquierda posmoderna que sólo entiende el mundo como una pelea entre grupos, entre opresores y oprimidos. Ahí las personas no existen: existen los colectivos. El que llega, el inmigrante, es por definición oprimido y, por tanto, bueno; el que ya estaba es opresor y, por tanto, malo. En este caso, el opresor de turno no necesita ser rico, ni blanco, ni hombre, ni heterosexual, ni ninguna de las categorías habituales. Le basta con ser ceutí, es decir, español.

Es esta mentalidad suicida la que nos ha llevado a que en el Reino Unido miles de niñas fueran violadas durante décadas mientras la policía miraba a otro lado por miedo a ser llamada racista. La que lleva a proteger al que okupa una casa y a dejar tirado al que trabajó y se esforzó para poder pagarla. La que lleva a no poder hablar de los riesgos de seguir acogiendo en nuestras sociedades a personas que vienen sin ninguna gana de integrarse ni de respetar nuestros valores.

Gad Saad nos advierte de que la empatía suicida puede ser la vía por la que Occidente naufrague. Antes que Saad, ya advirtió el titán Benedicto XVI que la tolerancia que renuncia a distinguir entre el bien y el mal es relativista y autodestructiva. En Occidente, estamos tan empeñados en parecer tolerantes y compasivos que hemos renunciado a defender nuestra civilización.

comentarios

Más de Gonzalo Figar

Últimas opiniones

tracking

Compartir

Herramientas