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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

El Real Madrid, el último objeto de deseo para Sánchez

Tengo para mí que Feijóo, y también Abascal, aprendieron de sus errores hace tres años. Para empezar, han identificado con claridad cuál es la portería contraria y no parece que se vayan a liar a golpes entre ellos, como Valverde y Tchouameni en el vestuario del Madrid. Esta vez, la afición no se lo perdonaría

El cuatro de mayo de 2022, el Real Madrid necesitaba marcar dos goles en el minuto 90 para forzar la prórroga en el segundo partido de unas seminales de Champions contra el Manchester City. El brasileño Rodrygo Goes obró el milagro en dos minutos infartantes que pusieron el Bernabéu boca abajo. Al poco de comenzar el tiempo añadido, Karim Benzema consumó la remontada de penalti pero, en realidad, la eliminatoria había quedado sentenciada con el gol del empate de Rodrygo. Mientras la afición madridista estallaba en las gradas, las cámaras enfocaron a Pep Guardiola. El entrenador del City agachó la cabeza y, sin hacer gestos, se dio la vuelta y se sentó en el banquillo. En una entrevista posterior vino a confesar que, en ese momento, con el marcador igualado y treinta minutos más de juego por delante, ya sabía que su equipo iba a quedar eliminado.

Guardiola explicó la derrota de su equipo por dos motivos: el primero, que no existe ningún equipo en el mundo capaz de reinar en el caos como lo hace el Real Madrid. Cuando la pizarra salta por los aires, emerge sobre el césped una banda de locos vestidos de blanco con talento suficiente para destrozar toda lógica y esquema táctico previo. El segundo motivo, y el más importante, es que al fútbol, como a casi todo en la vida, se juega con la cabeza, no con los pies. El problema no estriba en que los jugadores del Madrid se vengan arriba, sino en que los rivales se hunden psicológicamente. En cuestión de minutos, se les olvida jugar al fútbol, la pelota les quema, los pases se los dan al contrario y no dejan de mirar al marcador del estadio para saber cuánto tiempo les queda padeciendo en aquel infierno. A grandes rasgos, este es el planteamiento (quizá más bien el sueño húmedo) que los estrategas de Moncloa están tratando de colocar en sus terminales mediáticas para ver si al Partido Popular le empiezan a temblar las piernas.

Nacionalismos aparte, quince puntos de diferencia en intención de voto entre el bloque de derechas y el de izquierdas a cincuenta días de las elecciones, supone para Sánchez ir perdiendo por cinco goles en el tiempo de descuento. Una remontada nunca vista. En el equipo sanchista no hay grandes talentos. Abundan los políticos rocosos, de los que rascan los tobillos del adversario, fingen patadas, se tiran en el área, provocan al adversario y excitan con aspavientos a la grada para provocar una reacción emocional en su hinchada. Pero ya digo que en el PSOE actual no hay genios con la pelota, artistas del pase ni fenómenos goleadores. Así que deben centrarse en la segunda razón que exponía Guardiola para analizar su derrota en el Bernabéu, que traducida al lenguaje electoral significa lo siguiente: Feijóo se asustará y marcará varios goles en propia puerta.

Darle la pelota al contrario (quedarse atrapado en el monotema de la vivienda), renunciar a tu estrategia de juego (que no se hable de la corrupción, de Ceuta, de inmigración, de la regeneración institucional, de la pérdida de poder adquisitivo de las familias, de educación o del deterioro de los servicios públicos), no querer el balón (rehuir los debates electorales) y mirar el cronómetro (que la campaña se le haga larga). Todo esto es lo que espera el sanchismo que le suceda al aspirante a presidente del gobierno, que le venza el miedo escénico y deje en ridículo todos los sondeos serios publicados en este país. Y es la tesis que reproduce entusiasta toda la galaxia mediática sanchista.

A diferencia del Real Madrid, Sánchez reina en el caos no a través del talento, sino de las trampas. Se las hizo en el pasado a sus propios compañeros de partido y nadie mínimamente objetivo duda de que es capaz de repetirlas hoy. Hace cosas sorprendentes en el censo electoral para jugar con uno más los últimos minutos de la prórroga. Manipula Televisión Española como si atara al portero contrario a un poste. Agita la calle con una huelga general de encargo para levantar el césped y que el balón de las ideas no ruede con normalidad. Amenaza con técnicas mafiosas a los que sientan en el banquillo a su hermano, aunque el hombre no valga ni para utillero de un equipo de cuarta regional. Y así todo.

Tengo para mí que Feijóo, y también Abascal, aprendieron de sus errores hace tres años. Para empezar, han identificado con claridad cuál es la portería contraria y no parece que se vayan a liar a golpes entre ellos, como Valverde y Tchouameni en el vestuario del Madrid. Esta vez, la afición no se lo perdonaría.