La brisa de Prevost
La 'brisa Prevost', como afirma Fray Jesús, fue un auténtico huracán de esperanza evangélica, «que nos ha ayudado a mirar sin claudicaciones la verdad, a abrazar humildemente la bondad y a no censurar la belleza que nos dilata alzando la mirada»
De aquel 'huracán Wojtyla' con que Paloma Gómez Borrero resumió la visita a España del gran santo polaco, hemos pasado hace bien poco a la 'brisa de Prevost', como Jesús Sanz Montes ha titulado su libro sobre el viaje apostólico del pontífice norteamericano y peruano. Más bien lo que pasó por aquí fue una «brisa huracanada», como el propio autor se encarga de puntualizar. En catorce apartados sintetiza la intensa semana en la que León XIV visitó España y al mismo tiempo él ha sido visitado por ella, como reconoció conmovido al final de su periplo por esta tierra de María Santísima. Sanz concluye su obra recordando con gozo el día de su elección y su magisterio desde entonces.
Sobrevolaba Montevideo cuando un periodista me informó del nombre del nuevo papa. Las tres últimas fumatas blancas me tocaron a bordo de un avión, saliendo de Puerto Rico, Barcelona o Argentina. Como se habían hecho públicos los años de Prevost en el Perú, de inmediato contacté desde el aire con algunos amigos andinos para saber de él. Uno me comentó sus andanzas en Trujillo, donde eran conocidos sus cuidados a ancianos incluso en horario nocturno, una caridad sin trompeta al parecer característica del actual obispo de Roma. Otros me destacaron su sentido del humor y prudencia, algo que cualquiera puede apreciar hoy en el de Chicago.
Sanz Montes refleja en su texto el poderoso reguero de pensamientos que fue dejando el Papa León por Madrid, Barcelona, Las Palmas o Tenerife. Pero también antes de llegar, como aquellas iluminantes consideraciones de mayo de este año al Dicasterio de la Evangelización, en las que advertía con sabiduría que «no es diluyendo los contenidos ni suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo», sino dando testimonio con valentía de la verdad. Como incluso reconoció el propio Felipe VI en su solemne bienvenida al Papa, «sin la fe católica no se entendería nuestro país», tanto por la espiritualidad popular como por su enorme labor social.
Robert Francis Prevost Martínez habla por boca de Jesús Sanz Montes, porque el libro del fraile franciscano se encarga de resumir los principales mensajes petrinos expuestos en la península y el archipiélago canario. Pero no estamos ante un simple «corta y pega», porque Sanz contextualiza y destaca las principales ideas fuerza prevostianas. Y lo hace con su elegante estilo de siempre, salpimentado de párrafos cargados de intención y de otros divertidos, como cuando se reconoce «como un pingüino en un bosque austral» ante los ritmos juveniles que ambientaron la vigilia de oración en la plaza de Lima y el paseo de la Castellana.
Si «cultura» comparte con «cultivo» raíz etimológica, León XIV se preguntó en su encuentro con el mundo del arte sobre qué es lo que hoy sembramos en esos ámbitos, «qué es lo que florece y lo que se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir». Unos interrogantes, desde luego, de suma profundidad, que a Sanz Montes le parecen de una imponente altura pastoral, intelectual y paterna, como lo está siendo su pontificado.
La sublime media hora del papa ante las Cortes Generales la extracta Jesús Sanz en diversos pasajes genuinamente prevostianos, como aquél en el que defendió la vida humana como una meta de civilización, más allá del interés confesional, cuestionándose si puede considerarse justa una sociedad que deja en la sombra al niño no nacido, al viejo o al enfermo, refiriéndose con claridad a las principales amenazas que hoy se ciernen en España sobre la dignidad de la persona. O cuando, ocupándose de la emigración, recomendó apuntar a las causas que fuerzan a tantos a abandonar sus hogares y a garantizar en destino unas condiciones mínimas para una adecuada integración. Los casi ocho minutos de aplausos de sus señorías corroboran el pleno acierto de estas palabras.
La 'brisa Prevost', como afirma Fray Jesús, fue un auténtico huracán de esperanza evangélica, «que nos ha ayudado a mirar sin claudicaciones la verdad, a abrazar humildemente la bondad y a no censurar la belleza que nos dilata alzando la mirada».
Aquellos días de junio en que nos visitó León XIV fueron memorables. Y este libro contribuye mucho a perpetuarlos.