Auge y caída del Tribunal Constitucional
El jefe de la banda del TC responde ante otro jefe, el gran caco Sánchez, y solo aspira ya a tener un sueldo inmarcesible y bonito como miembro vitalicio del Consejo de Estado
Conde Pumpido se considera la medida de la democracia. Así, a lo bestia. Criado en lo jurídico bajo el acogedor techo intelectual de Hans Kelsen, consideré un acierto de los constituyentes que hubieran optado por un órgano jurisdiccional ajeno al Poder Judicial y capaz de anular las normas contrarias a la Carta Magna. Función central pero no única de nuestro TC, como «legislador negativo» corregiría los eventuales desmanes de mayorías parlamentarias dadas al abuso, previsiblemente por disciplina a un partido cuyo jefe lo sería asimismo del Gobierno. Las fallas del modelo las detecté temprano. Con todo, en la discrepancia jurídica uno debe compaginar la forja de una opinión propia bien fundada con la prudencia de reconocer mejor conocimiento del Derecho a los que cumplen las condiciones del artículo 159.2 C78, resumida en ser jurista de reconocida competencia con más de quince años de ejercicio profesional. No porque hayan pasado el filtro de la cúpula de dos partidos, sino porque debemos un respeto al criterio del Congreso y del Senado cuando proponen cada uno a sus cuatro candidatos, y también al del CGPJ cuando propone a dos. Y venga, puesto que estamos visitando nuestra antigua ingenuidad, también al criterio del Gobierno cuando propone otros dos.
Ahora todo esto suena a broma pesada. Entiendo que la gente joven, o sin formación jurídica, se carcajee al saber que creíamos de verdad en las bondades de esa fórmula. Acepto que se mofen un rato de nosotros y nos acusen de cándidos. Pero hay que haber estado a finales de los años setenta en un aula de la entonces Universidad Central de Barcelona, atendiendo a un catedrático que era padre de la Constitución, para conocer el brillo fundador de nuestra democracia. Y uno estaba allí. Tardas muchos años en desprenderte de las convicciones kelsenianas. No sé por qué. Ciñéndonos al TC, ¿cómo no pensamos en lo que sucedería si de pronto el órgano estuviera ocupado por una mayoría de farsantes capaz de declarar constitucional una amnistía? La idea es aberrante para cualquiera que haya reflexionado un rato con la Constitución delante. Dos minutos, pongamos. ¿Cómo es posible que no nos preguntáramos qué sucedería si la mayoría del TC renunciaba a su función en pos de sectarismos ideológicos? ¿Cómo prever que el uso alternativo del Derecho pasaría de ser un debate interesante a una catástrofe institucional y política?
El jefe de la banda del TC responde ante otro jefe, el gran caco Sánchez, y solo aspira ya a tener un sueldo inmarcesible y bonito como miembro vitalicio del Consejo de Estado. Y a dejar bien colocado al hijo, que se las trae. No es que tenga polvo del camino en la toga, como dijo, es que la lleva colmada de zurullos. En su pérfida recta final se equipara a la democracia, el tío. Algunos sabemos que Conde Pumpido es incompatible con la democracia y que todo se va a recuperar. Menos aquella fe en Kelsen de cuando fuimos jóvenes idealistas.