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Montse Mínguez animó a votar, con «V de vivienda», pero la van a botar, «con B de buitre» y de regalo «C de caradura». La susodicha disfruta de las ventajas económicas y sentimentales de tener por pareja a un hábil tenedor y promotor de viviendas que, probablemente por el clima, ubica además sus sociedades en Panamá, un lugar con menor presión fiscal.

Las dos circunstancias se explican, para la portavoz socialista con saludable aspecto ochentero y un nivel de laca no sabemos si compatible con la capa de ozono, de manera bien distinta a la habitual en su propio pico y el de sus compañeros: en este caso no es un fondo buitre ni una pyme carroñera; sino un entrañable negocio familiar que cumple con la legalidad; a diferencia de otros idénticos que son fascistas, criminales, voraces e inhumanos. Quizá diga también, en breve, que la mudanza societaria transoceánica no obedece al deseo de pagar menos impuestos, sino al de contribuir a las arcas públicas panameñas, menos exigentes pero más vulnerables.

En realidad, nada de lo que hace la pareja de Mínguez, con «M de mamarracha», es reprobable y responde a su estricto olfato empresarial, ubicado en las reglas del juego de un mercado profundamente intervenido, que es en el que trabajan todos los empresarios de España por mucho que los más ceporros del gobierno hablen de él como ejemplo de capitalismo salvaje.

Lo repudiable, lo que obliga a esta individua a esconder la cabeza en un agujero más profundo que el cráter Aitken del polo sur de la Luna, es su cinismo arrogante, su capacidad para defender en público lo contrario de lo que hace en privado y su disposición a señalar, acosar y repudiar a quienes hacen exactamente lo mismo que ella. O que ellos.

Porque la cabeza de todos aparecen, también en esto, el presidente del gobierno y su esposa, grandes tenedores en su propia cosmovisión, con un patrimonio que en su caso no merece indulgencia ni aun aceptando lo que ellos denigran en el reto. Porque en su caso parte de ese largo catálogo de inmuebles tiene origen en la ayuda financiera de un proxeneta, sin el cual no hubieran podido acumular el ingente número de pisos por todo Madrid con los que además, según su terminología, especulan sin topar precios ni preocuparse por la gentrificación ni, desde luego, cederlas a precio simbólico a los vulnerables con un bonito acto de entrega de llaves en la acampada borroka de la Puerta del Sol.

Y porque, en otro escándalo que debería pararlo todo, la familia política del presidente aún mantiene con la pública Muface, dependiente del ministro Óscar López, el alquiler barato de los áticos en el centro de Madrid que en el pasado acogieron los lupanares del patriarca Sabiniano, realquilados y troceados en contra de la ley vigente.

Mínguez es la unidad métrica del sanchismo, la vara de medir de estos clérigos integristas de Sánchez que predican con violencia para los demás pero se conceden indecentes bulas a sí mismos: un presidente que ha vivido de la prostitución pero presume de querer prohibirla; un expresidente que se vanagloriaba de «necesitar poco y dar mucho» y se ha forrado hasta con joyas opacas escondidas a Hacienda o un exministro «feminista» que colocaba a sus novias en empresas públicas a cambio de servicios estrictamente personales.

Montse, con «M de mindundi», es la categoría de un régimen en el que todos pueden hacer lo que les dé la gana porque, por encima de todos ellos, tienen el peor ejemplo imaginable: el de un tipo que plagia tesis doctorales, coloca a la mujer y al hermano, gobierna sin ganar nunca, llena la cuenta corriente familiar especulando con la vivienda de origen putero y tiene los mismos principios políticos y éticos que una hiena al ver el cadáver de una oveja en la cuenta. Si el jefe del gobierno, con «P de pútrido» y «S de sinvergüenza», se comporta como el capo de la Mafia, ¿qué no van a hacer sus tristes sicarios?