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El pistoletazo de salida ha supuesto un tiro en el pie. El sábado 10, en su primer gran mitin de precampaña, Feijóo prometió «un Gobierno que os pida sacrificio». Acertó con el sustantivo, pero se equivocó de pronombre. Ese «os» abrió el flanco a la velocidad de un tuit: el PSOE leyó «recortes» y Bolaños aclaró: «Te pedirá sacrificios a ti». Han visto el resquicio —tras el fiasco con la operación vivienda— y se han tirado en tromba.

Es lógico. Hay mucha gente a la que no se le pueden pedir más sacrificios porque ya los hace todos. Trabaja de sol a sol, paga unos impuestos asfixiantes y sostiene un Estado tan caro como ineficiente. La «España que madruga» de Vox había reconocido antes esa evidencia. Esa España vota cambio para que se reequilibren los sacrificios o, como mínimo, para que se le reconozca lo que da. Desde luego, no para que le pasen otra factura. Por eso el vídeo pepero del día siguiente —«España, tu esfuerzo merecerá la pena»— no hubo que explicarlo. Reconocer el sacrificio anima; anunciarlo, espanta.

Ester Muñoz parecía haberlo entendido, y explicó (tan pedagógica como prestidigitadora) que «sacrificio» quería decir recompensa: bajadas de impuestos. Ah. Pero días después, ella misma avisó de que las pensiones, tal como están, van a «petar». Enseguida, Feijóo la matizó.

Muchos sostienen que la oposición en campaña no debería sacar estos temas peliagudos. Yo creo que sí: la política seria exige decir cosas serias. Para lo cual hay que pensárselo muy bien y no tirar la piedra a bulto y echar a correr. El cinismo de quienes aconsejan que estas cosas se callen hasta después de las elecciones es todavía peor y casi más contraproducente, porque extiende una desconfianza difusa. La solución tampoco es cerrar los ojos y prometer un paraíso gratis y pasar la factura, vía deuda pública, a los nietos de los que tienen hijos (y no a los de la ley de ídem).

La política responsable demanda verdades. Lo malo es que el PP corrigió la palabra cuando lo que había que corregir era el pronombre. Si el sacrificio y los recortes para que no pete lo esencial —pensiones, educación, sanidad, defensa— son necesarios, hay que empezar por la clase política, el Estado elefantiásico, los gastos suntuarios en ayuda exterior, las subvenciones clientelares y la compra masiva de buena conciencia con el dinero ajeno. Dicen que eso es el chocolate del loro, pero hay mucho loro tomando demasiado chocolate. Yolanda Díaz, por ejemplo, se tomó dos tazas, la suya y la de su jefa de gabinete, en el viaje a los Óscar a cuenta del erario. Aunque esos recortes no equilibrasen las finanzas, su valor simbólico sería inmenso.

No se trata sólo de cuadrar las cuentas: hay que redondear los cuentos. No por el relato, sino para tocar a rebato. Ante cualquier llamada al sacrificio, hay dos opciones, como nos mostró René Girard. O sacrifico a los demás como chivitos expiatorios o me sacrifico a mí mismo como cordero propiciatorio. Ahí está la diferencia entre Caifás y Cristo. El sumo sacerdote razonaba que conviene que uno muera por el pueblo, siempre que el uno sea otro. Cristo, sacerdote y víctima, no sacrifica a nadie: se ofrece. Y sólo entonces nos invita a coger la cruz y seguirle.

La política no puede aspirar a tanta perfección de amor, pero, al menos, sí debería haber aprendido la lección de dos mil años de cristianismo. Sólo se pueden pedir sacrificios a los de detrás cuando se ha dado un paso adelante. Feijóo no ha de fingir: puede y debe y tendrá que pedirlos. Nunca antes de cumplir cuatro condiciones: reconocer los muchos que ya se hacen; señalar sin remilgos quién vive a costa de ellos; explotar todos los recursos naturales de nuestra nación; y, sobre todo, anunciar qué privilegios, gastos y comodidades van a sacrificar primero el Estado y los políticos. No hace falta cambiar la palabra, sino el pronombre. En «un Gobierno que os pida sacrificio» no es «os»: es «nos».