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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Pillaje tik-tok

No, no existió siquiera fantasía utópica alguna en el París del sábado pasado. Las bandas de pequeños narcos descubrieron que eran lo bastante fuertes, lo bastante impunes, para saquear las ricas tiendas del centro. Y luego quemarlas. Lo hicieron. Salió gratis. Volverán a hacerlo

No, no es el 68. Y el «1789 versión 2.0», que exhibía alguna pancarta, mejor abandonarlo a ese olvido piadoso de las ocurrencias ridículas. La noche del 17 de octubre último fue, en París, una noche de pillaje. Su elemento diferencial ofrece pocas ambigüedades: bandas de pequeños dealers de periferia bajan a los barrios bien de las grandes metrópolis, en donde los hijos mimados de las clases medias manifiestan su enfado por el antipático propósito estatal de reforzar los mecanismos de selección universitaria.

Son un excelente escudo, esos chicos, se dicen los desesperados periféricos. Ninguna policía va a atreverse a machacar demasiado a unos vástagos del futuro, incubados entre algodones. Es hora de saquear tiendas repletas de mercancía inalcanzable, al abrigo del colchón que esta multitud de pringados interpone ante la desconcertada policía. «Se saquea», es la única consigna de quienes, desde el infierno de los barrios tercermundistas de París, de Lyon o de Marsella, convocados por TikTok, saltaron de un golpe hasta las vitrinas de los comercios más opulentos de Europa.

¿Revolución 2.0? Me viene a la cabeza cómo, en la noche del diez de agosto de 1792, el objetivo de la muchedumbre en París fue el Palacio de las Tullerías, refugio de la Familia Real. Era una revolución triunfante. Me viene a la cabeza cómo, en la noche del 24 de mayo de 1968, el blanco a tomar era el palacio del Elíseo. No lo fue, y lo que se quiso revolución quedó en derrota. Pero tan cerca estuvo que el entonces ministro de Cultura, André Malraux –que no era precisamente novato en aquello–, habrá de contar, más tarde, su noche en blanco quemando documentos en el ministerio.

Me viene ante los ojos, en el relato de toda –sin excepción– la prensa parisina cómo, de entre los objetivos del sábado pasado, la prioridad fue concedida al Boulevard Voltaire. Yo, que soy de otro tiempo, no me hacía mucha idea del estratégico valor de esa línea de frente. Hasta que la lectura más pausada me sacó de mi inopia. El Boulevard Voltaire parece haberse convertido en algo así como el paraíso del comercio de videojuegos. Y de allí salieron los recios periféricos con sacos llenos, antes de proceder al tan entretenido juego de flambearlo minuciosamente todo. «Llevo aquí más de tres mil euros», proclamaba con gozo uno de los simpáticos bárbaros. Y otro lo miraba con altiva condescendencia: «¡Pues no te queda nada, chico…!» En los Campos Elíseos, a nadie le interesó acercarse hasta el aburrido palacio presidencial. Las grandes tiendas de moda y de alta joyería eran muchísimo más rentables. En los barrios menos fastuosos, los felices bárbaros no desdeñaron arrasar las pequeñas tiendas: había que ofrecerse un refrigerio para seguir el combate, ¡qué diablos!

A cada cual lo suyo. Sin valoraciones: sólo descripción y material de análisis. Claro que a las grandes conmociones sociales, se arrima siempre la chusma que busca sólo saquear mucho y muy deprisa. Pero lo habitual era que fuese rápidamente aislada y neutralizada –con frecuencia, nada incruentamente– por los insurrectos. Y expulsada del teatro revolucionario. Esta vez fue al revés. De las reivindicaciones –justas, o disparatadas, o sólo discutibles– de alumnos y estudiantes no quedó nada en la noche del 17. Voló en el mismo humo en el que volaron boutiques, joyerías, tiendas de electrónica, móviles o electrodomésticos. Algún pequeño tendero se plantó en su puerta –al modo en que sucediera en los motines de Los Ángeles durante las revueltas raciales de 1992–, bate en ristre: unos salvaron su frutería, otros fueron, además de perderla, apaleados. Así de bestia es la vida. El orden público se borró. No en beneficio de toma de poder alguno. En beneficio sólo de comandos de jóvenes caciques del delito organizado, que hicieron sustanciosa caja.

No, nada se repite. Nunca. Lo que parece igual es siempre, si sabemos mirarlo, por completo distinto. No, no existió siquiera fantasía utópica alguna en el París del sábado pasado. Las bandas de pequeños narcos descubrieron que eran lo bastante fuertes, lo bastante impunes, para saquear las ricas tiendas del centro. Y luego quemarlas. Lo hicieron. Salió gratis. Volverán a hacerlo.

Y un pequeño cacique del menudeo airea en el TikTok su triunfo: «Gracias, París… Chicos, sois matadores: os habéis enfrentado, yo he picoteado un poco aquí y allá. Aquí tenéis mi chaqueta nueva… Me lo he llevado todo».