Liberté, égalité, Louis Vuitton
Por supuesto, la culpa de todo es del «neoliberalismo». El Estado francés gastó en 2025 el 57,3 % de su PIB, una de las cifras más altas de la zona euro. Sólo en prestaciones sociales se le fueron 771.000 millones. La deuda roza el 116 %. Si esto es neoliberalismo, que baje Thatcher y lo vea
Aline regentaba un restaurante en París, La Barrique. El sábado 17 de octubre se lo quemaron y, de propina, le destrozaron la cara a golpes. Los autores no llevaban cruces celtas ni banderas tricolores. Eran casseurs, que es como los franceses llaman, con mucha finura, a quienes revientan escaparates. La patronal del comercio cuenta unos 1.500 negocios dañados y pérdidas de cientos de millones de euros. El primer ministro, Sébastien Lecornu, habla del doble. Del ayuntamiento de Limoges sólo queda el armazón del tejado. Casi 2.400 detenidos. Toques de queda en París y Lille. Las autoridades reconocen que en algunas ciudades directamente perdieron el control. Oh, la, la.
La progresía, patria e internacional, viene con la explicación preparada de casa: los franceses siempre han quemado cosas, es casi folclore nacional. La Bastilla, la Comuna, el 68, los chalecos amarillos. Típica chiquillada gala. ¿Los estudiantes de mayo del 68 desvalijaban el súper del barrio? ¿Apaleaban los revolucionarios de 1789 a la dueña del bistró por conciencia de clase? Los «estudiantes» de 2026 se han dedicado al saqueo y destrozo de establecimientos: Louis Vuitton, Apple, supermercados o una tienda de cómics. La revolución será con iPhone en mano o no será.
Ahora bien, lo que preocupa ante todo es la extrema derecha. Curioso, porque quien habla de una «instigación muy clara de la ultraizquierda» es el ministro del Interior, no Marine Le Pen. Un sindicato policial describe a los detenidos como jóvenes de los barrios conflictivos que saquean cuando surge la ocasión, acompañados de black blocs que van a pegarse con los antidisturbios porque le tienen afición al asunto. De cabezas rapadas y brazos en alto, ni rastro.
Por supuesto, la culpa de todo es del «neoliberalismo». El Estado francés gastó en 2025 el 57,3 % de su PIB, una de las cifras más altas de la zona euro. Sólo en prestaciones sociales se le fueron 771.000 millones. La deuda roza el 116 %. Si esto es neoliberalismo, que baje Thatcher y lo vea.
David Betz, profesor de Estudios de Guerra en el King’s College de Londres, escribió hace unos años un ensayo con un título que quita el sueño: Civil War Comes to the West («La guerra civil llega a Occidente»). Sostiene que los gobiernos occidentales ya no son capaces de gestionar en paz sociedades multiculturales, el primer aviso lo dan las grandes ciudades y sus zonas no-go, asilvestradas. El Estado sigue ahí, cobra impuestos y pone multas, pero en ciertos barrios ya no manda nadie que lleve uniforme. La guerra que describe Betz se parece poco a la nuestra del 36 y bastante al Ulster de los Troubles. Viendo las imágenes del sábado, a ver quién le lleva la contraria.
El fenómeno ni es nuevo ni es cosa de Francia ni de Italia. En noviembre de 2022, Marruecos ganó a Bélgica en el Mundial y el centro de Bruselas amaneció con coches destrozados y patinetes ardiendo entre banderas marroquíes. Hubo incidentes también en La Haya y en Ámsterdam. Cinco años antes, la clasificación de Marruecos para otro Mundial ya había dejado en Bruselas 22 heridos.
Empecemos a hablar del asunto sin miedo: detrás de todo esto hay una parte de la inmigración de origen africano y musulmán que, ya en segunda o tercera generación, ni se ha integrado ni tiene el menor interés en prosperar con las reglas del país que acogió a sus padres. Para ellos, el centro de la ciudad es el sitio al que se baja cuando hay ocasión de llevarse algo. Trabajar allí, o abrir un restaurante como el de Aline, ni se les pasa por la cabeza. Decirlo, por supuesto, es de extrema derecha.
Betz advierte de que, cuando esto estalla en un país, lo normal es que se contagie a los demás. Mientras tanto, en Europa seguimos discutiendo si el peligro es la extrema derecha. Pregúntenle a Aline.