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La Coruña, y escribo así su nombre porque es como siempre la he llamado en español, es una magnífica capital, bonita, tranquila y divertida. Tiene tras sí mucha historia (recibió su título de ciudad en 1446) y hoy disfruta de un fuerte tirón económico (gracias, Amancio). Cuenta con varias playas en su término municipal, se come de manera opípara y en sus calles impera siempre una sorprendente animación, porque a los coruñeses les gusta comerse la vida a bocados. Y no suelto todas estas loas porque yo naciese a 200 metros de la playa de Riazor, en un hospital ya desaparecido, sino porque es la verdad. Aunque reconozco que he omitido las perrerías de nuestro clima tropical-húmedo y su puñetero Nordés.

Políticamente se trata de una ciudad templada. Las últimas municipales las ganó el PP, con 12 escaños, y el PSOE logró 11, pero gobierna gracias a que se coaligó con el pleistocénico BNG, dirigido por una facción separatista que todavía hoy se autodefine como «marxista leninista». El Bloque solo obtuvo tres concejales. La cuarta parte que el PP.

La idea que todos tenemos de Coruña, la de una ciudad sosegada y acogedora, se ha visto enturbiada por el comportamiento de unos ultras en la plaza de María Pita. Me refiero, por supuesto, a las hordas separatistas y de izquierda radical que se fueron allí para intentar impedir un pequeño acto de Abascal, que consistía en unas declaraciones en una esquina del recinto rodeado de unos doscientos simpatizantes.

Vox es un partido que defiende la legalidad constitucional y que jamás ha empleado ni jaleado la violencia. Entonces, ¿cuál es el problema? Pues estriba en que Vox es una formación visceralmente opuesta al separatismo y también contraria al marco mental que propugna la izquierda, eso que ahora se hace llamar «progresismo».

Debido a que Vox osa cuestionar «el consenso progresista», ultras de la izquierda y del separatismo, incluido el PSOE de Sánchez, trabajan para cercar con un muro a un partido votado por tres millones de personas (que serán más el 29-N). Le niegan hasta su derecho a organizar actos públicos, que tratan de impedir de forma violenta, como se vio ayer por la mañana en La Coruña y por la tarde en Avilés.

¿Quiénes son los únicos radicales de esta historia? Pues los intransigentes violentos que se citaron en María Pita para acosar a Abascal. Necesitó la protección de diez furgonetas de los antidisturbios, que se quedaron cortas ante 4.000 manifestantes fanatizados y su vandalismo (hubo una docena de heridos y volaron adoquines, huevos y sillas).

Abascal expresó sus puntos de vista de la manera más tranquila ante sus admiradores, algunos de los cuales portaban banderas españolas. Abascal y sus seguidores no asaltaron las terrazas de la plaza para arrojar el mobiliario de los hosteleros a la policía. Abascal y sus seguidores no increparon a una venezolana que andaba por allí gritándole «panchita, vete a tu país», como sí hizo un cobarde que vestía simbología de los Blues. Abascal y sus seguidores no portaban banderas rojas comunistas, la ideología más letal de la historia, ni tampoco enseñas independentistas, que postulan una Galicia separada de España, que además de ser inconstitucional es rechazada por la inmensa mayoría de los gallegos.

Lamentable el delegado del Gobierno, que permitió una concentración contra la libertad de expresión de un partido político. Y más execrable todavía el papelón de Inés Rey, la ineficaz alcaldesa socialista, que no tuvo idea mejor que animar a la protesta con esta desdichada frase: «Esta ciudad ha sido siempre un bastión contra el fascismo y un muro contra los que vienen a recortar conquistas sociales».

Inés, piénsalo un poco: ¿No será lo tuyo lo realmente fascista, al promover que un partido legal sea acosado? ¿No es ultra lo de enviar allí a las Juventudes del PSOE al grito de «no pasarán»? ¿No es extremista una alcaldesa que no emite ni la más mínima condena tras lo sucedido delante del Palacio Municipal? Aunque, ¿cómo vas a condenar unos disturbios que en cierto modo has promovido?

Esta inoperante alcaldesa tiene las arcas municipales semiquebradas y ha necesitado más de tres años para meter un cementazo horrible en el paseo de los Cantones. Mantiene abandonado el edificio de la vieja cárcel. La Domus, obra de un premio Pirtzker, se cae por falta de mantenimiento. No ha movido ni una carretilla ante la enorme oportunidad urbanística que ofrece la reforma del puerto. El trapicheo y la inseguridad se han disparado en su mandato. Las calles están sucias. Pero eso sí, muy diligente para ponerse al frente de los ultras contra Abascal.

Si Vox no puede celebrar actos con normalidad en España es que la democracia no está funcionando. Del mismo modo que se muestra disfuncional cuando el defensor del pueblo no dimite tras fracasar en su desquiciado recurso ante el TC por la ley de nietos, con el que seguía órdenes bolañescas. El delirio jurídico era tal que esta vez el autócrata monclovita ha logrado asustar hasta a Pumpido. El viejo Cándido, turbio pero no tonto, sabía que bendecir la operación de Moncloa podía sentarlo en el banquillo. Ay, Ángel Gabilondo, pringarse así a los 77 años y ya de salida…