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tribunaMiguel Aranguren

Café con churros

Según el aire pesimista de Dámaso Alonso, aquel poeta revestido con toda clase de títulos honoríficos y que siempre tuvo el aspecto de un viejo bañado en agua de colonia, vivimos en una balsa que navega sobre un mar de muertos, todos ellos con nombres, rostros y pequeñas historias reconocibles

A partir de los treinta años, la vida agarra una velocidad trepidante. No es que todo pase más deprisa, sino que van quedando menos capítulos en el texto de nuestro libro. Esa velocidad, maldita sea, parece precipitarse según aquella fórmula de física que supuso el primer cero pelotero de mi trayectoria de estudiante (había una serie de variables: el peso del objeto, los metros por segundo de la aceleración de la gravedad, la altura…, pero por más que me esforcé, el resultado de mis cálculos siempre concluía en un disparate), como si los años pesaran más a medida que los vamos cumpliendo y los días, los meses, las estaciones… fueran tan fugaces como los postes eléctricos que pasan por la ventanilla de un tren de alta velocidad.

Desde nuestra posición en la cabecera de la existencia, vamos abriendo camino y dejando una estela cada vez más larga y más amplia. Invito a los lectores a hacer la prueba: llega un momento en el que son tantas las personas con las que mantenemos un trato estrecho como aquellas con las que lo mantuvimos (en pretérito). Según el aire pesimista de Dámaso Alonso, aquel poeta revestido con toda clase de títulos honoríficos y que siempre tuvo el aspecto de un viejo bañado en agua de colonia, vivimos en una balsa que navega sobre un mar de muertos, todos ellos con nombres, rostros y pequeñas historias reconocibles.

No quiero amargarle a nadie el café con churros –el desayuno suele ser el momento de la jornada en el que buceamos por la prensa y, a lo mejor, hoy alguien echa el ancla en este artículo–, ya que mirar al pasado también conlleva un sinfín de momentos dulces. Digo un sinfín, no una totalidad. Esto no lo entenderán, claro, aquellos que piensan que todo tiempo anterior fue mejor. Primero, porque el dicho no es cierto; segundo, porque con el transcurso de los días vamos engrandeciendo los sucesos: les restamos algo de veracidad por aquí, les sumamos algo de ilusión por allá, hasta convertirlos en un ensueño; tercero, porque quien tiene la cabeza vuelta hacia atrás no disfruta del presente, sea este como sea, asegurándose un puesto en la desmotivadora troupe del nombrado rapsoda madrileño.

Entre los momentos dulces destaca, a mi juicio, la posibilidad de proyectarnos hacia un ayer que no tuvimos ocasión de vivir. Por eso, de niños no nos cansábamos de escuchar la narración que hacían nuestros padres de lo que considerábamos «su época», como si hubiesen caído en un proceso de desdibujamiento a partir de que nosotros llegáramos al mundo. Al menos en mi caso, aquella ventana abierta a su pasado suponía proyectar mi vida hacia atrás, así como realizar un maravilloso ejercicio de imaginación en el que todo se volvía distante y cercano a la vez, en el que se me daba la oportunidad de tratar a mis padres y abuelos –por ejemplo– como iguales, ya que muchas de sus acrobacias habían sucedido cuando tuvieron, más o menos, mi edad.

Ha sido este el prólogo para contar que El Debate ha abierto una nueva sección a la que me lanzo sin flotador –kéfir de por medio, que los churros los tengo prohibidos–. Podemos encontrarla directamente en la portada (la home se dice en inglés), bajo el epígrafe 'Hemeroteca animada', y viene acompañada por una imagen creada por inteligencia artificial (me gustaría más una fotografía de entonces, que ilustrara las noticias seleccionadas o un grabado). Una vez se golpea con el dedo, llegamos al apartado «Historia», en el que, a modo de dietario, se recuerdan algunas de las noticias que publicó El Debate hace la friolera de cien años, acompañadas por un vídeo corto en el que vemos su recreación gracias, de nuevo, a la IA.

Es una ventaja que un periódico peine canas. El Debate luce una melena de cabello blanco, tejido de sucesos con la impronta de lo más genuinamente español. Esa es la larga y ancha estela a la que me refería, la de esta cabecera que, además de la actualidad, escoge los titulares del ayer con un guiño de simpatía. Así me he trasladado a episodios tan singulares como la visita de Alfonso XIII a la localidad de Granollers, en donde inauguró una biblioteca popular (la lectura estaba mejor tratada que en esta España de catastróficos resultados para el informe PISA); o como el acuñamiento de la moneda de cincuenta céntimos; o como la alegría de una huérfana que recibe, trece años después del fallecimiento de su madre, la herencia que le correspondía, hasta ese momento escondida debajo de una almohada; o como la goleada del Real Madrid a un equipo de fútbol llamado Gimnástica Española; o como el solemne anuncio del príncipe de Gales de que solo asistirá a banquetes que tengan una razón nacional e imperial; o como la discusión acerca de una cuestión de fondo: el billar, ¿es un deporte?

No todo tiempo fue mejor, claro que no. Fueron años difíciles. Mucho más difíciles, sin duda, que los que ahora padecemos. Pero se hace simpático volver cien años atrás con estas noticias que, en muchos casos, tienen cierto sabor a anís Machaquito, cierto aroma a veguero de basta picadura, cierto tacto de abrigo de lana, ciertas tonalidades sepia, cierto sonido a gramola.

Miguel Aranguren es escritor