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Óscar Puente ha dicho la frase más grave que se recuerda en democracia, con permiso de la también muy reciente de Pedro Sánchez. El primero dijo, con la chulería habitual, que o paraban al fascismo el 29N o después habría que tomar las calles. Y el segundo prologó la amenaza con un mensaje de seguridad para sí mismo y los suyos: gobernará, insistió, de una manera u otra.

Todo esto se pronuncia en un marco de violencia callejera en cada ciudad donde aparece «un fascista», que como todo el mundo sabe ya es cualquier persona que no vote correctamente. Y con el subtexto de un intento de pucherazo con la ley de nietos, las dudas sobre Correos, las nacionalizaciones masivas más allá de las señaladas por el Tribunal Supremo y el famoso muro con el que Sánchez tomó posesión la última vez tras comprarse la Presidencia a cambio de vender a España.

A los males germinales del sanchismo, un sistema ilegítimo que quebranta las reglas del juego democrático en nombre de una supuesta autoridad moral mayor que no necesita ni el refrendo de las urnas ni del Parlamento ni puede ser enmendado por la Justicia sin que todo ello sea presentado como una conspiración; se le añaden en campaña electoral las trampas y la violencia, para cerrar el abyecto paisaje promovido por un indeseable psicópata capaz de ponerse a bailar y a besar mientras en España suenan marchas fúnebres, todo se desploma y llegar a final de mes empieza a ser más difícil que coronar el Himalaya.

Pero hay que decirlo: Sánchez no tiene un proyecto para España, discutible pero legítimo, y se limita a plantear una pelea que resulta difícil de entender y de digerir para cualquiera que disponga de las luces y de la educación elementales. Y ése es el asunto.

¿Cómo reaccionar con alguien que entra a un bar, se mete con todo el mundo, tira las botellas, te desafía de palabra y casi de obra y simplemente busca bronca?

El Sánchez autócrata es ahora, también, un Sánchez pendenciero, que calienta las calles y busca pisarle la cabeza a sus rivales, presentados como enemigos para justificar su eliminación por cualquier método: ya puede poner kisscam y hablar del amor, que lo suyo es el guerracivilismo, la manipulación y las trampas. Sin capacidad luego de controlarlo, viendo cómo la peligrosa estrategia se les ha ido de las manos en lugares como Barcelona, donde no funciona la propagada barata de que todo es cosa de Israel o Rusia o, peor aún, de la ultraderecha.

Y quizá haya que centrar ahí la réplica de sus adversarios, sin rebasar las líneas que Sánchez se merece rebasar pero España no: la verdad es más lenta que la mentira, el sentido común más complejo que la demagogia y la palabra más espesa que el eslogan. Pero también más eficaces si se utilizan en los términos correctos. Que en este caso, con un chulo de bolera, son sencillas de elegir: si quieres pelea, vas a tenerla. No hacen falta puñetazos: basta con decirle, cada cinco minutos, que va a pagar en el juzgado, en las urnas, en las instituciones y en la sociedad la quiebra moral, económica y cívica que ha provocado. Y no llamarle presidente: es un chulo, y a los chulos no se les llama de usted.