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El astrolabioBieito Rubido

Demasiados muertos

Frente a quienes convierten cada tragedia en una disputa partidista, debemos reivindicar el silencio respetuoso y el acompañamiento a las víctimas. Pero el respeto al dolor no puede confundirse con la renuncia a exigir explicaciones

En esta ocasión, el dolor sí exige explicaciones. Y también responsabilidades. La tragedia ferroviaria de Urda vuelve a situarnos ante una realidad que debería avergonzar a quienes tienen la obligación de garantizar nuestra seguridad. Las advertencias sobre el deterioro de las infraestructuras no son nuevas. Tampoco la inquietud sobre su mantenimiento. Tres ejercicios sin nuevos Presupuestos Generales del Estado constituyen, además, una anomalía política difícilmente justificable.

Ahora ya no sirven los exabruptos del ministro responsable ni las visitas en helicóptero de Pedro Sánchez. Todo eso pertenece al territorio de la escenografía política, especialmente obscena cuando se contempla desde la inmensidad de una tragedia humana.

España está conmocionada. Arrastra un dolor silencioso que, además de desgarrar a numerosas familias, erosiona la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes. Es cierto que no es momento de buscar réditos electorales ni de instrumentalizar políticamente una desgracia semejante. Frente a quienes convierten cada tragedia en una disputa partidista, debemos reivindicar el silencio respetuoso y el acompañamiento a las víctimas. Pero el respeto al dolor no puede confundirse con la renuncia a exigir explicaciones.

De nuevo, una colisión ferroviaria nos enfrenta a un balance de muertos insoportable. Cualquiera de nosotros podría haber viajado en esos trenes. ¿Cuántas veces nos hemos acomodado en uno de esos vagones para desplazarnos a Sevilla, Málaga, Zaragoza o La Coruña? Lo hacíamos convencidos de vivir en un país desarrollado, administrado por gobernantes cuya primera obligación consiste en proteger a los ciudadanos.

Sin embargo, la realidad desmiente algunas de nuestras certezas. El deterioro de los servicios públicos y la distancia creciente entre las preocupaciones del poder y las necesidades de la sociedad alimentan una inquietante sensación de abandono. Mientras nuestros dirigentes se extravían en controversias políticas, los ciudadanos reclaman algo tan elemental como que los trenes circulen con seguridad y lleguen puntualmente a su destino.

Son ya demasiados los muertos que se acumulan en la memoria reciente de España. La pandemia, la dana, Adamuz y ahora Urda. Tragedias diferentes, con causas distintas, pero unidas por una dolorosa sucesión de ausencias, sufrimiento y desolación. Todo desprende un insoportable aroma de desesperanza.

Será imposible arrancar el dolor del corazón de quienes han perdido a sus seres queridos. Hay heridas que jamás terminan de cerrarse y ausencias que el tiempo no consigue remediar. Solo nos queda rezar por las víctimas, acompañar a sus familias y ofrecerles el consuelo de nuestra cercanía.

Allá los gobernantes con sus conciencias. Allá ellos si prefieren eludir sus obligaciones y refugiarse en la ciénaga de la confrontación partidista. Demasiadas veces, cuando los ciudadanos necesitan respuestas, encuentran excusas; cuando reclaman soluciones, reciben discursos.

Hoy España entera quiere participar en la noble tarea del consuelo. Nuestra nación ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobreponerse a la adversidad. La solidaridad ciudadana, la entrega de los servicios de emergencia y la dignidad de las familias constituyen el mejor testimonio de nuestra fortaleza moral.

Acaso sea esa la gran paradoja española: la extraordinaria altura humana de sus ciudadanos frente a la frecuente pequeñez de quienes nos gobiernan. Hoy corresponde llorar a los muertos y abrazar a sus familias. Mañana habrá que exigir respuestas. Porque son ya demasiados los muertos, y muy pocas e ininteligibles las aclaraciones.