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Cartas al director

El pulso de un país viaja sobre sus vías

Hubo un tiempo en que viajar en tren en España era una experiencia cargada de confianza: los horarios se cumplían, las estaciones eran puertas abiertas al movimiento y la fiabilidad acompañaba cada trayecto. Aquellos trenes, que quizás no eran tan rápidos como los actuales, representaban, sin embargo, un latido constante, firme, que unía pueblos y ciudades con una cadencia casi natural.

Hoy, sin embargo, ese latido se ha vuelto irregular. España, un país que presume con razón de la alta velocidad ferroviaria, presenta aún carencias graves en sus comunicaciones. No hablamos solo de velocidad punta, sino de vertebración territorial: líneas suprimidas, servicios rurales reducidos al mínimo, averías recurrentes, y retrasos que minan la confianza de los viajeros.

Un país con malas comunicaciones es un país más débil, porque se vuelve vulnerable tanto en lo interno –al dejar aisladas a sus comunidades– como en lo externo, al proyectar una imagen de improvisación, incompetencia y nula fiabilidad.

El tren no es un lujo ni un simple medio de transporte: es un bien público estratégico. Es la columna vertebral de la cohesión territorial, social y económica. De poco sirve inaugurar nuevas líneas si al mismo tiempo se descuidan las conexiones que sostienen el día a día de miles de ciudadanos.

Por ello, esta crítica no pretende ser un lamento estéril, sino una llamada constructiva. Necesitamos recuperar la esencia del tren como servicio público, que garantice mantenimiento, inversión equilibrada y coordinación entre redes. España merece un sistema ferroviario que vuelva a latir con fuerza, uniendo sin fisuras cada rincón del país.