Cartas al director
Los huevos cobardes
Mi gozo en un pozo. Ahora resulta que tener huevos en casa está al alcance de unos pocos y ya no es un producto de primera necesidad sino un artículo de lujo. ¡Manda...! Una va tranquila al supermercado con la ingenua idea de comprar lo básico y se encuentra mirando el precio de los huevos como quien valora si pide un crédito o vende un riñón. Huevos, nada menos. Redondos, modestos, de gallina de toda la vida convertidos de pronto en símbolo de estatus.
Porque yo he vivido lo suficiente como para recordar cuando el huevo era el último recurso, el salvavidas doméstico, la tabla de náufrago del ama de casa. Cuando no había nada, siempre había huevos; y si no había huevos, ya no había nada. Así de simple.
Hoy, en cambio, abres la nevera, ves el cartón medio vacío y te entra una especie de respeto reverencial, como si estuvieras custodiando una reliquia.
Dicen que la culpa es de la gripe aviar. Pobres gallinas, siempre pagando los platos rotos de los desastres globales. Antes fue el petróleo, luego el gas, luego la guerra...La explicación es impecable, casi poética: un virus que vuela y encarece la tortilla. Las gallinas, pobres, cargan con la culpa universal; siempre hay una causa abstracta, lejana, imposible de descubrir. Nunca hay un responsable concreto al que reclamarle el precio del desayuno.
La lista de la compra se han convertido en un ejercicio de contención emocional. Ya no se escribe lo que se necesita, sino lo que se puede. Se tacha, se sustituye, se pospone. Y una aprende a no mirar el total demasiado tiempo, porque hay cifras que entristecen más que una mala noticia.
Antes una tortilla era una solución rápida. Ahora es una decisión meditada. Antes se rompían los huevos sin pensar y ahora se cascan con cuidado, como si pudieran acabarse para siempre. Y quizá se no se acaben, pero el miedo está ahí, que es peor.
Mientras tanto, los sueldos permanecen inmóviles, firmes, imperturbables. Son sueldos estoicos, ajenos a la gripe, al mercado y a la inflación. Todo sube menos ellos, que observan el desastre con una calma casi ofensiva.
Y así vamos, ajustando, cediendo, reduciendo. Nos acostumbramos a vivir peor con una sonrisa irónica, por decir algo, que es el gran talento nacional. Hacemos chistes sobre la tortilla, la gallina y el precio. Nos reímos para no perder la compostura, que es lo único que nos queda barato, pero convendría no olvidar que detrás del chiste hay cansancio.
Dicen que tengamos paciencia. La paciencia no es infinita cuando se aplica siempre a los mismos. Cuando el esfuerzo se reparte mal, deja de ser virtud y se convierte en resignación. Y al final, una piensa que acabaremos todos en la calle. Quizá no literalmente, pero sí moralmente. Eso sí, sin huevos. Porque huevos, los que se necesitan para decir basta, parece reservarlos quienes menos pisan los supermercados. Los demás contamos céntimos.
No escribo esta carta por nostalgia ni por dramatismo la escribo porque cuando lo básico deja de ser accesible, conviene levantar la voz, aunque sea con ironía, aunque sea con humor. Porque el silencio, ese sí sale carísimo.
Ojalá dentro de un tiempo esto se lea como una exageración alarmista. Ojalá. Mientras tanto, seguiremos haciendo lo de siempre: apañarnos, escribir y, si hay suerte, freír un huevo. Aunque sea para dos.