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Cartas al director

Campanadas y carne fresca

Cada Nochevieja, mientras millones de hogares españoles cuentan las uvas, otro ritual que se repite con la misma precisión que el reloj de la Puerta del Sol: ellas tiritan en vestidos imposibles y ellos aparecen cómodamente abrigados. Es un contraste tan normalizado que apenas sorprende, pero que revela una persistencia cultural inquietante. En pleno siglo XXI, el cuerpo femenino sigue siendo tratado como espectáculo, mientras el masculino conserva el privilegio de la neutralidad.

La escena se repite año tras año: presentadoras convertidas en «carne fresca», envueltas en lentejuelas y escotes que desafían al invierno, frente a presentadores que lucen trajes cerrados, bufandas discretas o incluso abrigos. ¿Por qué ellas deben encarnar la fantasía y ellos la sobriedad? ¿Por qué la mujer televisiva no puede aparecer «normal», como cualquiera de nosotras en una fiesta de barrio, sin necesidad de demostrar nada con su piel?

Este desequilibrio no es anecdótico. Es un recordatorio de que la valoración estética de las mujeres sigue siendo un mandato estructural, no una elección libre. La televisión, como espejo social, reproduce y amplifica ese guion: ellas deben ser deseables; ellos, competentes.

Las campanadas podrían ser un momento de celebración colectiva. Sin embargo, cada año funcionan como un escaparate involuntario de desigualdad simbólica. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si queremos seguir brindando con los mismos estereotipos o si, por fin, permitiremos que las mujeres aparezcan como lo que son: personas, no decorado.

Carmen Núñez Cuenca

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