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Cartas al director

Una integración es posible

Desde hace unos años, los países de Occidente están recibiendo oleadas de inmigrantes procedentes de las sociedades subdesarrolladas de África, América y Asia.

La gestión de este nuevo fenómeno social está resultando muy dificultosa para los estados receptores. Son diversas las fórmulas que se han intentado: multiculturalismo en el centro y norte de Europa. Asimilación, través del liceo en Francia y, en los países mediterráneos, más bien una mezcla de los anteriores, no exenta de improvisaciones.

No obstante, en España disponemos de una ventana de oportunidad de la que no disfrutan otros países y que nos permitirían, en gran medida, tener éxito en la gestión de esta nueva situación.

Con una anécdota vivida intento explicar esta oportunidad: hace unos días me invitaron a comer en un restaurante ecuatoriano. En la mesa vecina, se sentaba una familia compuesta por abuela, dos matrimonios y cinco o seis niños de edades variables, ninguno mayor de diez años. Dada la proximidad me di cuenta, por el acento de los mayores, que eran, precisamente, de procedencia ecuatoriana. En un momento dado, cuando iban a comenzar a comer, uno de los nietos mayores se dirigió a su abuela y le dijo: ¡Abuela!, ¿puedo decirte una cosa? La abuela le contestó: ¿qué quieres?, a lo que el niño con voz firme que pude oír perfectamente, dijo: ¡Qué yo soy español y a mí no me gusta esta comida! Era evidente que este menor, impertinencia al margen, ya había sido educado en España y también me quedó muy claro que la segunda generación de esta familia ya se había integrado en el humus español. Sin ingenuidades y con las debidas garantías es evidente que esta ventaja solo la tenemos en España y… si tuviéramos sentido común, deberíamos aprovecharla al máximo.