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Cartas al director

Caminante

Se detuvo el caminante ante una Iglesia majestuosa seguro de haber hallado en medio de la nada un tesoro. Muchos eran los que entraban lo que le hizo presagiar que lo que allí se exponía eran obras para admirar; mientras se aproximaba y no perdía detalle de su grandiosidad preparaba la cámara para dejar constancia de lo que sus ojos se disponían a contemplar; abrió despacio el portón como quien se dispone en pequeños bocados a saborear un gran manjar; cuando accedió al interior un escalofrío lo recorrió al descubrir que de sus paredes no colgaban antiguos retratos ni tallas de incalculable valor, solo un altar, una cruz, varias vírgenes y santos daban la bienvenida al caminante que sobrecogido por la grandeza de la humildad se sentó a reflexionar sobre cómo aquella majestuosidad exterior era la antesala perfecta que daba paso a la esencia de la religión.

Cómo era posible, a no ser obra de un señor, que un espacio tan enorme, desprovisto de cualquier ostentación, hiciera sentir al caminante que todo estaba en su lugar, que no había espacio ya para nada más... que no se podía fotografiar la espiritualidad.

Luis Cabaneiro Santomé

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