Cartas al director
La rendición de Sánchez ante Almaraz
Pedro Sánchez acaba de firmar la prórroga de Almaraz hasta 2030, pero que nadie se engañe: no hay visión de Estado en este movimiento, sino mero cálculo de supervivencia. El mismo Gobierno que ha abanderado el cierre nuclear a ultranza se ve hoy forzado a rectificar a regañadientes, desmintiendo en un solo decreto años de demagogia ambiental. Extender la vida útil de nuestra principal fuente de energía continua no es un mérito de Moncloa, sino el rescate de emergencia a una estrategia energética que amenazaba con dejar a España a oscuras por puro sectarismo político
Lo verdaderamente demoledor es que la realidad no ha cambiado tanto como el relato. No ha aparecido de repente un reactor distinto ni se ha inventado una nueva tecnología que permita garantizar su seguridad. Ha ocurrido algo mucho más sencillo: el Consejo de Seguridad Nuclear ha hecho su trabajo. Después de una evaluación técnica exhaustiva, el organismo encargado de garantizar la seguridad nuclear en España consideró viable la continuidad de Almaraz hasta 2030, bajo las condiciones establecidas. Frente al dogma, la evidencia. Frente al calendario político, la ciencia.
Conviene recordarlo porque durante demasiado tiempo se quiso hacer pasar por criterio científico lo que era, esencialmente, una decisión política. Almaraz debía cerrar en 2027 y 2028 porque así se había decidido. La pregunta incómoda es por qué. Si hoy puede seguir funcionando con seguridad, ¿qué milagro científico se ha producido para que aquello que hace dos años era casi una amenaza ambiental sea ahora una garantía de suministro?
Ninguno. Lo único que ha cambiado es que la realidad energética ha empezado a resultar demasiado incómoda para el argumentario del Gobierno.
Sara Aagesen se ve ahora en la ridícula coyuntura de explicar por qué el «monstruo atómico» que debía extinguirse para alcanzar el futuro es la única garantía de que no nos fundan los plomos. Teresa Ribera, refugiada en su moqueta de Bruselas, tendrá que aclarar cómo su «modernización verde» necesita semejante enmienda a la totalidad en cuanto el aire acondicionado tropezó con la realidad. Sánchez, por supuesto, envolverá el volantazo en su celofán semántico: resiliencia, geopolítica, pragmatismo... Pero la hemeroteca es implacable: el Gobierno ha terminado arrastrándose a hacer exactamente lo que juró que jamás haría.
Mientras tanto, Extremadura tuvo que digerir que el cierre de Almaraz era el peaje inevitable del progreso. Se exigió al Campo Arañuelo sacrificar empleo, industria y dinamismo económico en el altar de una transición ideada desde despachos ajenos al territorio. El Consejo de Seguridad Nuclear ha certificado que las garantías técnicas corresponden a la ciencia y no al dogma.
La física no vota, los reactores no leen programas electorales y el Gobierno solo atiende a los hechos cuando la evidencia le impide seguir pedaleando en la propaganda. Almaraz seguirá encendida no por convicción de Moncloa, sino por pura supervivencia del sistema:
la gran paradoja del sanchismo es que su transición energética ha terminado dependiendo de la misma energía que pretendía ejecutar
Almaraz no ha sido salvada por Sánchez. Ha sido Sánchez quien ha tenido que rendirse ante Almaraz.