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Cartas al director

El pueblo

Cada año por estas fechas, cuando el verano ha pasado su ecuador, el pueblo me llama. Quizás, si lo pienso bien, no se trata de una llamada sino de un montón de recuerdos que se agolpan empujando la puerta del pasado. Los paisajes de la infancia y la adolescencia nos marcan siempre y para siempre y permanecen ahí, como esa fotografía que en su momento no nos atrevimos a romper, que reservamos para nosotros olvidada en un cajón.

Me gustan las aguas del río de mi pueblo, el río Jiloca. Lo visito con frecuencia y él, en su soledad, agradece mi callada compañía. Nos entendemos en silencio. Sus aguas nunca me parecieron claras ni puras ni cristalinas, no me importaba. Ante la mirada inocente de aquella niña, la corriente brincaba jugueteando por las piedras igual que hace ahora.

Me gusta el verde de mi pueblo, aunque son otros los colores que colman los campos turolenses, los brillantes amarillos y los intensos ocres del estío. ¡Ay, nuestros campos y nuestras viñas! Aún vislumbro cierta viña de mi abuelo Lorenzo. Con ellos, con nuestros queridos mayores se fueron sin posible retorno sus campos, sus viñas, sus costumbres… No me quejo, solo me lamento de tanta pérdida.

Me gustan las calles de mi pueblo, caminos que murmuran lo que un día guardaron con celo sus casas. La mía se sitúa en una calle serpeante que desemboca en la casi vacía Plaza de España. Qué placer tropezarme aquí y allá con vecinos de toda la vida. Poco a poco también ellos desaparecerán del mapa que habitaban y descansarán bajo la dura tierra. Voy andando y musito el nombre de quien vivía en esta puerta, la señora Martina, una mujer encantadora a la que compraba golosinas en su colmado. Dulce verano, pienso.