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Cartas al director

Sánchez, como un santo

Parecía el mínimo y dulce Francisco de Asis ante el lobo. Me acordé de Rubén Darío, de aquello de «la princesa está triste, la princesa está pálida ...» Pedro parecía levitar al relatar el tratamiento humano dispensado por los ceutíes a sus invasores. Eso sí que era poner la otra mejilla. Te invaden, te asedian, aún a costa de muchos muertos, enviados o porque quien parece, Marruecos, sino por la extrema derecha, los bulos rusos e israelíes -¡vaya pareja más rara!- o a saber quién está interesado por hacer la puñeta a Sánchez en el cuerpo y el alma de los ceutíes.

Para Sánchez lo bueno fue cuando se marcharon aquellos que dieron media vuelta luego de pisar tierra española, el 90 por ciento de los que entraron, que habían venido a comerse un bocadillo de jamón en Ceuta porque al otro lado Ala no les deja. De la llegada no se enteró hasta que no estaban allí, pero se dio cuenta del éxito y de la colaboración marroquí cuando se marcharon los «migrantes» en una huida que ya hubiese cantado Jenofonte, como si fuese una Anabasis.

Si en verdad hubiesen sido «migrantes» se hubiesen quedado, pero su vocación no debía ser tal, venían a ver Ceuta. Para Sánchez, todos los agentes de información que pagamos para que se enteren de lo que viene estaban de vacaciones, que para eso era verano, porque ni su ministro Marlaska ni él se enteraron de la avalancha humana que se avecinaba. Feijoo y Abascal le dijeron de todo y Sánchez unas veces reía y otras apretaba las mandíbulas y hacía oídos sordos a las peticiones de dimisión. Cuando se reponía de la tormenta él,como Zapatero, seguía en las nubes y le parecía que el viento llevaba «esencia sutil de azahar», por lo que se acordó de que a Margarita -que no le aplaudía -tenia que contarle un cuento.