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Cartas al director

El valor de traer hijos al mundo

Cada septiembre presenciamos el mismo ritual: familias ajustándose el cinturón ante el coste desmedido de libros, material y comedores, y la consabida respuesta cínica de brocha gorda: «Haberlo pensado antes; nadie te obligó a tenerlos». El remate de la faena suele ser la ocurrencia chabacana: recordar que un preservativo sale más barato.

Este argumento, barnizado de un pragmatismo canalla, sintetiza una de las mayores miopías de nuestro tiempo: degradar la paternidad a la categoría de capricho suntuario. Para esta mirada puramente mercantilizada, traer un hijo al mundo equivale a comprarse un deportivo de gran cilindrada o pagarse unas vacaciones exóticas: si te metes voluntariamente en gastos, no te quejes cuando toque pagar la factura.

Conviene recordar una verdad elemental que el egoísmo contemporáneo prefiere obviar: los hijos no son mascotas, ni compras privadas, ni bienes de consumo. Son, llanamente, la continuidad biológica, cultural y económica de una sociedad. Quienes hoy despachan las dificultades familiares con un encogimiento de hombros parecen olvidar un detalle decisivo: esos niños serán los médicos que atiendan nuestras urgencias dentro de treinta años, los técnicos que mantengan el país en pie y los contribuyentes que sostendrán el sistema público de pensiones de todos, incluidas las de aquellos que optaron legítimamente por no tener descendencia.

Tener hijos en una España que se asoma a un abismo demográfico sin precedentes, con una de las tasas de fecundidad más raquíticas del planeta, no es un acto de vanidad. Es un ejercicio de resistencia cívica y de generosidad descomunal. Supone sacrificar horas de sueño, capacidad de ahorro, tiempo propio y proyección profesional a cambio de educar a un futuro ciudadano. Que quien asume semejante desgaste no pueda manifestar su indignación ante la asfixia inflacionaria sin que le espeten que «haber usado condón» retrata con crudeza la catadura moral del debate público.

Un país que no celebra la llegada de niños, que los arrincona en hoteles «solo para adultos» y que trata su educación como un gasto superfluo en otoño, es un país que renuncia a su propio porvenir. Renunciar a la descendencia ahorra dinero a corto plazo, sin duda; pero nos condena a convertirnos en un inmenso geriátrico sin pulso, sin relevo y sin futuro. Los libros escolares son caros, sí; pero nada nos saldrá más caro que el silencio de las cunas vacías.