Cartas al director
La democracia a oscuras
No sé si Pedro Sánchez es corrupto. No sé si las acusaciones contra su entorno acabarán demostradas o desmontadas. No sé quién tiene razón. Y sospecho que millones de ciudadanos están exactamente igual.
Lo inquietante no es la posible corrupción. Lo inquietante es que hemos dejado de saber dónde buscar la verdad.
Cada día aparecen nuevas acusaciones, filtraciones, titulares y tertulias. Unos dan por culpable a cualquiera antes de que hable un juez. Otros despachan cualquier sospecha como una conspiración. Y entre ambos extremos quedamos los ciudadanos, obligados a actuar como investigadores sin disponer de pruebas.
La democracia no puede funcionar sobre la fe ni sobre la obediencia partidista. Necesita hechos. Pero ¿dónde puede comprobar un ciudadano corriente esos hechos? No tenemos acceso a los sumarios completos, ni a las fuentes periodísticas, ni a las conversaciones donde se toman muchas decisiones. Dependemos de intermediarios.
Por eso debemos exigir transparencia y ejemplaridad a los políticos; investigación rigurosa y no militancia disfrazada de información, a los periodistas; e independencia real y percibida a jueces y órganos de control. Porque el problema ya no es sólo la corrupción. Es la desconfianza.
Quizá la pregunta ya no sea si nuestros gobernantes dicen la verdad. Porque cuando el ciudadano deja de confiar en los árbitros, toda la democracia entra en tiempo de descuento.
No quiero que me digan qué pensar. Quiero que me enseñen las pruebas. Porque un ciudadano libre no está obligado a creer. Está obligado a preguntar. Y hoy esa pregunta sigue sin respuesta.