Cartas al director
El votante no es un hincha
En el fútbol, defender al propio equipo forma parte del juego. En democracia, convertir esa lealtad en una obligación permanente puede convertirse en un problema.
La psicología ayuda a entender por qué sucede. Cuando una opción política forma parte de nuestra identidad, sus aciertos pueden parecernos más importantes y sus errores más fáciles de justificar. Al mismo tiempo, tendemos a examinar con mayor severidad las actuaciones del adversario. No ocurre siempre ni de la misma manera, pero es un riesgo que conviene reconocer.
El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos si una decisión es correcta y empezamos a preguntarnos si beneficia o perjudica a los nuestros. Entonces, admitir un error puede sentirse como una derrota personal, y reconocer un argumento del contrario, como una deslealtad.
En ese contexto, la política pierde una de sus funciones esenciales, permitir que los ciudadanos comparen propuestas, exijan responsabilidades y cambien de opinión cuando los hechos lo justifican.
La responsabilidad no recae únicamente en los votantes. Los dirigentes también contribuyen al clima público con sus palabras y decisiones. La crítica firme es legítima; convertir cada discrepancia en una prueba de enemistad es otra cosa.
Tampoco se trata de exigir equidistancia ni de fingir que todas las opciones son iguales. Se trata de aplicar criterios coherentes, incluso cuando hacerlo perjudica al partido con el que simpatizamos.
Un ciudadano no demuestra su compromiso democrático defendiendo siempre a los suyos, sino conservando la capacidad de exigirles responsabilidades. Porque un partido necesita votantes; una democracia necesita ciudadanos.