Cartas al director
Tecnología punta
Teníamos en casa, recuerdo, una nevera de la marca Westinghouse -el tipo ese que le había comprado las patentes a Tesla-, a la que nunca llegamos a llamar frigorífico, frigo o refri y que era una maravilla. Nos servía para todo, incluso para conservar frescos los alimentos, la botella de tinto de mi padre y el litro de refresco de naranja de la comida de los domingos. Era el lugar ideal donde dejar las cosas olvidadas y allí te encontrabas lo impensable: las llaves del coche, los papeles del seguro, una navaja suiza o el mando de la televisión. Y podía llevar a engaño su envergadura porque era, en verdad, como el ropero de C. S. Lewis o el baúl de la Piquer.
No entendí muy bien su jubilación, que el día que se lo llevaron al desguace seguía funcionando igual que de nuevecito y produciendo tanto hielo como el que había atrapado al Endurance en el mar de Weddell. Lo que quiero yo decir con esto es que, antes, las cosas se hacían mejor: los aparatos, enseres e instrumentos se fabricaban sin esa picardía que los hace ahora estropearse a las primeras de cambio para sacarle los cuartos al prójimo.
Un coche, por ejemplo, te duraba una barbaridad y contabas con él para ir cada verano hasta Calasparra, harto de bultos, confiando siempre en que no te dejaría tirado a mitad de camino. Y quien habla de un coche, habla de un televisor, un teléfono móvil, una máquina de coser, un microondas o el ascensor del rellano. Hogaño, sin embargo, todo es una mierda, dicho pronto y mal, y el ser humano, especialmente el inquilino de lo que se entiende por España, parece empecinado en volver a los tiempos en que se partían las nueces con un canto rodado.