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La comparecencia de Pedro Sánchez en la Comisión de Investigación del Senado ha servido, básicamente, para constatar su incapacidad manifiesta para ofrecer una justificación decente a su papel de cómplice o inductor, cuando menos por omisión, de la mayor trama de corrupción conocida hasta ahora, por la cantidad de participantes, la variedad de «negocios» y la relevancia política de los cabecillas.

De nada de eso Sánchez ha dado explicaciones, y cuando lo ha hecho ha sido con una galopante falta de detalles o con la imposible intención de normalizar lo anormal, como por ejemplo el sospechoso trasiego de dinero en metálico en el PSOE, una anomalía que ya ha llamado la atención de la UCO y del Tribunal Supremo.

No ayuda nada el formato de esta herramienta parlamentaria, la poca preparación de algunos de los intervinientes y la obscena sumisión de otros; pero mucho peor sería extender la impunidad de Sánchez, que se ha atrincherado en su inmoral atalaya y no se siente concernido por nada no por nada, renunciando a este tipo de interrogatorios.

Porque lo cierto es que Sánchez no supo o no pudo o no quiso a responder a las preguntas precisas de PP y de VOX, todas coincidentes con sumarios e investigaciones en marcha de formidable gravedad que tocan a su Gobierno, a su partido y a su propia familia.

El tono pendenciero y desafiante de quien tiene en la cárcel o en el juzgado a sus principales colaboradores es una deshonra para sí mismo, pero también un síntoma de la degradación de la democracia española con un dirigente que roza ya la insurgencia institucional, al sumar a su falta de justificación de tanta corrupción, un desafío a los poderes del Estado y un atrincheramiento en la Presidencia a pesar de carecer de mayoría parlamentaria.

Más allá del inevitable ruido que generan este tipo de comisiones, queda algo importante como conclusión: Sánchez no es capaz de explicar nada, no tiene una justificación verosímil a cada uno de los casos y no puede despejar la evidente sensación de que él lo conoció y lo permitió todo, beneficiándose de una forma u otra de esas trampas sistémicas.

Y frente al escepticismo que provoca la ausencia de un castigo inmediato a la desfachatez de Sánchez, ha de quedar la certeza de que el Estado de Derecho es lento pero seguro y de que cada uno, al final, pagará el precio que le corresponde. También este presidente altanero y fraudulento.