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La sentencia condenatoria al fiscal general señala la guerra sucia contra Ayuso, aunque técnicamente le señale por un delito de revelación de secretos. El Tribunal Supremo se ha limitado a tramitar las consecuencias penales del cúmulo de hechos presente en la causa: García Ortiz exigió a sus subordinados que le remitieran todo el expediente privado de la pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Les pidió que se lo enviaran a una dirección de correo privada ajena a la institución.

Todo ese expediente acabó en el Gabinete de la Presidencia del Gobierno y desde allí en la Asamblea de Madrid. Y, por último, borró las pruebas de todo ello a sabiendas de la decisión judicial de investigarlo y justo cuando la UCO llamaba a su puerta.

Pretender vender que, pese a esa secuencia de hechos irrefutables, no fue García Ortiz, si no alguien anónimo quien cometió el delito, ofende a la inteligencia y solo sirve para fabricar una cobertura al verdadero responsable de esta vergüenza indigna de una democracia europea, que es Pedro Sánchez.

Porque es evidente que el objetivo final de esta campaña no era Alberto González Amador, un ciudadano anónimo cuyas cuitas con Hacienda son irrelevantes a efectos públicos, sino su compañera sentimental, icono de la resistencia a los abusos del secretario general del PSOE. Por eso, más allá de las gravísimas consecuencias penales que este fallo tiene para el afectado, lo relevante es el retrato político que hace del inductor de todo ello, un personaje sin escrúpulos capaz de utilizar su poder para derribar a adversarios por métodos simplemente mafiosos.

La reacción del Gobierno y de sus satélites contra el Tribunal Supremo agrava aún más el pulso al Estado de derecho y presagia una batalla sin cuartel contra él en todos los frentes que tiene abiertos el PSOE, asolado por la corrupción, los escándalos y las trampas. Pero la contundencia del Supremo, de la UCO y de la prensa libre también es un soplo de esperanza y una garantía de supervivencia del imperio de la Ley.

Ya puede denigrar y acosar Sánchez a sus contrincantes y a los poderes del Estado que, al final, no consigue doblegarlos. Ojalá eso se mantenga en el resto de los episodios nefandos que describen ya al PSOE como una organización criminal encabezada por un peligroso antisistema que sólo busca impunidad y perpetuidad en el cargo.