Fundado en 1910
Editorial
EDITORIAL

Sánchez, un insumiso de la democracia

Mientras el Gobierno sigue bloqueado parlamentariamente y bajo sospecha de corrupción, su respuesta es elevar la propaganda y la crispación

Pedro Sánchez debería haber anunciado su dimisión irrevocable este lunes por dos razones inapelables. En primer lugar, por ser un presidente que se está aprovechando de un vacío constitucional para mantenerse aferrado al poder pese a carecer de mayoría parlamentaria, no poder aprobar Presupuestos y venir de una derrota electoral. Desgraciadamente, la legislación vigente no tiene respuestas para evitar un fraude así, que bloquea a un país entero por la falta de respeto a los usos democráticos habituales, aparezcan o no por escrito.

Y en segundo lugar, por la actual epidemia de corrupción, que afecta a todo y a todos, en una trama con distintas cabezas que afecta a la dignidad de las instituciones, al origen de las decisiones políticas y a la imagen global de España.

Todo ello completado por una sucesión de casos de abusos sexuales, en los cuales es más grave aún que el comportamiento de los señalados la respuesta del PSOE, tendente a taparlo todo e incluso a proteger a los sospechosos.

Pues bien, en ese escenario, Sánchez no piensa dimitir y apuesta por redoblar su desafío al sentido común, a la sociedad española y a la propia democracia, como muestra su comparecencia para hacer balance anual.

Ya el formato elegido dice mucho del personaje y de la calidad de sus principios: no se puede elegir el formato para explicarse ante la Nación, con retraso de varios días, mientras se amontonan instrucciones judiciales, investigaciones policiales e incluso condenas.

Y si las formas son impropias de alguien bloqueado en el Congreso y desbordado por los escándalos, el fondo es aún más grave.

Porque supone apostar por la parálisis de España, porque desprecia las consecuencias políticas de los hechos y porque sustituye la rendición de cuentas por la mera soflama frentista, vacua y agresiva para un ecosistema democrático sano.

Sánchez recurre a generalidades y burda propaganda porque, simplemente, no puede explicar de una manera razonada y razonable ni uno solo de los casos de corrupción que le enfangan. Como tampoco la cómplice gestión de las denuncias por acoso recibidas en el PSOE, ocultada al momento hasta que no les ha quedado más remedio que atenderlas, mal y tarde.

Todo ello junto es impresentable, insostenible e indignante. Y coloca a España en una crisis política e institucional sin precedentes, achacable en exclusiva a un dirigente político atrincherado en un poder que no merece y dispuesto a usarlo, en exclusiva, en beneficio propio.

El colapso de un dirigente que nunca debió forzar su investidura en esas condiciones precarias y amorales y que ahora se niega a devolverle la voz a los ciudadanos es, sin más, un problema de Estado, originado exclusivamente por quien más debería protegerlo y ahora, de algún modo, lo tiene secuestrado. En otros países, por menos, a esto lo han llamado autogolpe.