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Editorial

El Rey no puede esconderse

Llegados a este punto, tampoco puede mirar para otro lado y debe encontrar la manera de, sin desatar ningún enfrentamiento, marcar las distancias y cumplir con su cometido de representación de España y de arbitraje y moderación de sus instituciones

El reproche público de Pedro Sánchez al Rey no se subsana con una nota aclaratoria y, desde luego, es un movimiento perfectamente calculado del negligente presidente cuyos efectos a medio y largo plazo asustan.

Porque recriminar al Rey que no vaya a Ceuta y Melilla después de haberlo boicoteado y falsear la duración de su reinado sumándole ocho años más de los doce en vigor solo puede obedecer a una perversa intención.

Que no es otra que añadir a la Corona a su perverso plan de demolición institucional de España, con dos objetivos: ahondar en su dialéctica de bloques para movilizar al propio con un mensaje frentista atroz y, además, sembrar la semilla para una reformulación del propio Estado, para adaptarlo a las exigencias de sus socios radicales y separatistas, sin los cuales no sería presidente.

Y en ese viaje, la Corona molesta, como símbolo absoluto del país que unos quieren destruir y el otro no puede proteger sin perder su cargo, que es lo único que le mueve.

La trampa tendida por Sánchez, un perdedor con ínfulas caciquiles y un fraude antidemocrático, no es justa para el Rey, cuya discreción y cautela están justificadas.

Pero llegados a este punto, tampoco puede mirar para otro lado y debe encontrar la manera de, sin desatar ningún enfrentamiento, marcar las distancias y cumplir con su cometido de representación de España y de arbitraje y moderación de sus instituciones.

En apenas un mes, el ministro Puente, la izquierda radical y el propio Sánchez han puesto en la diana a Felipe VI. Y su réplica no puede ser agitada, sin duda, pero tampoco involuntariamente cómplice.